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UN CÁNTICO PARA EL VENCEDOR

La vista de tantos cadáveres en esa misma mañana, producto del juicio divino, tuvo que llevarles a creer en Dios, pero también en Moisés. De modo que ese pueblo congregado a la orilla de un nuevo país, se levanta entonando junto con su líder, este impresionante himno de alabanza. Hasta este punto ha quedado demostrado que Israel no fue salvo por su fe. La fe de ellos no proporcionó las bases para su liberación. El único crédito que puede destacarse en este milagro fue la misericordia del mismo Dios. De allí que en el presente canto no hay ningún reconocimiento a Israel, sino al Señor. En todas las estrofas al único que se menciona es a Jehová, como el Dios todopoderoso y fiel. Fue Él quien abrió el mar cuando no había salidas. Fue Él quien se mantuvo en medio de ellos en aquella columna de fuego durante la noche, de modo que el que enemigo nunca pudo avanzar para pelear contra ellos. Fue Él quien destruyó a todo el ejército egipcio. Así pues, una vez que quedaron libres de ellos, *****pliéndose la profecía de Moisés tocante al destino final del Faraón y su ejército (Éx. 14:13), elevaron un canto al “guerrero triunfador”. Fue la alabanza de los redimidos. El himno que se convirtió como en el arco iris después de una gran tormenta. Pero no sólo cantó Moisés; también su hermana, junto con un grupo de mujeres, cantaron y también danzaron al compás de los panderos para celebrar la victoria. Tal costumbre era la que usaban para darles la bienvenida a los guerreros vencedores después de haber ganados sus batallas. Solo que esta batalla hubo un solo vencedor, Jehová de los ejércitos. Sirva este canto para inspirar la alabanza al Señor que debe brotar de nuestros labios a quien se constituye, por razón de su amor y sacrificio por nosotros, en el verdadero vencedor. Unámonos a Moisés en este espectacular cántico.

I. ES UN CANTO A SU NOMBRE v.2b, 3
Hemos dicho que el tema de este cántico no es para el pueblo del éxodo sino para el Dios del éxodo. De allí que este himno nos muestra una a*****ulación de nombres divinos dirigido a la misma persona. No hay tal cosa como una variedad de personas a quien se le asigna cada título; estamos hablando del mismo y único Dios. Moisés de darle toda honra, honor y pleitesía al Dios que hasta ahora lo ha visto obrar maravillas. El Dios que ha conocido Moisés es un Dios de promesa y de palabra. Hasta ese momento no le ha fallado, de allí el canto de su alma agradecida. En esta alabanza a su nombre, lo primero que hace es reconocerlo como su pertenencia, cuando dice: «este es mi Dios». Egipto conocía muchos dioses, el Faraón era uno de esos tantos. Pero Moisés conoció al Dios que le hablaba y que le *****plía. Los hombres no podrán exhibir a un dios que se escriba en mayúscula como el Dios de Moisés. Allí está la diferencia. Con esta declaración Moisés está diciendo «no conozco otro Dios como el mío». El conocimiento personal que tengamos de nuestro Dios nos levantará en espontánea y genuina alabanza. La alabanza es proporcional al conocimiento que tenga de mi Dios. Pero Moisés también lo destaca como el «Dios de mis padres». Esto habla de un Dios de promesa y pacto. A juzgar por sus escritos posteriores, Moisés tuvo que saber mucho sobre este Dios de sus padres. El mismo hecho de haber escrito el libro del Génesis, donde presenta a un Dios no sólo como creador, sino como el Dios que hace el pacto con sus antepasados, le trajo en ese momento estas memorias, mientras entonada el himno. Hablar del Dios de nuestros antepasados es reconocerlo en su fidelidad y en su provisión. Pero para Moisés, su Dios también era «un varón de guerra». Ya lo había expresado antes cuando dijo que Él pelearía por su pueblo (14:14) Si algún título debiese tener este himno es este. Desde esta experiencia en el mar, y a través del resto del Antiguo Testamento, Dios se revela como «Jehová de los ejércitos», como «el varón de guerra». Israel tendría que reconocer que todas sus victorias serían ganadas por la continua intervención divina. En la alabanza de su nombre Moisés de igual manera reconoce al Señor como aquel de donde viene su fuerza y su salvación. Él reúne todas calificaciones para ser enaltecido por su nombre. Unámonos a Moisés en este reconocimiento. Cantemos a una a su nombre. La adoración debe tener el propósito de exaltar el nombre de Dios a través de sus atributos naturales y morales. En su nombre vemos esculpida su eternidad, omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia; en su nombre le vemos como nuestro salvador, misericordioso, redentor, guiador, santo, maravilloso. Tenemos todas las razones para enaltecer el buen nombre de nuestro Dios.

II. ES UN CANTO POR SU VICTORIA v.4, 7
Este himno no ahorró material para describir, en detalle, la manera cómo Dios obró en la gran derrota final del Faraón con su ejército. Moisés se aseguró en escribir con exactitud cómo sucedieron las cosas en aquella memorable noche. Fue Dios quien triunfó con gloria y poder echando al mar al caballo y al jinete. Fue por su diestra que destruyó al enemigo. Cuando aquel poderoso ejército quedó atascado en el centro del mar tuvo que reconocer que aquello no fue sino la acción de un Dios incomparable. El mismo Dios se encargó de lanzarlos en el mar de modo que fueran destruidos. El mismo camino que se abrió para librar a Israel fue el camino que Dios usó para quebrantar con el golpe mortífero al enemigo v.6. Moisés se aseguró en describir el tipo de soldados que componían aquel ejército para que fuera más notoria la victoria. Él dijo que los «capitanes escogidos fueron hundidos en el mar rojo» v. 4b; algo así como la «crema innata» de aquel poderío humano. Años más tarde el salmista tendría que comentar esa victoria en el mar para presentar otro canto, cuando dijo: «Con tu brazo has redimido a tu pueblo… Las aguas te vieron y temblaron… Los nubarrones vertieron sus aguas; tronaron las nubes; también se desplazaron tus rayos… la tierra se estremeció y tembló. Tu camino estaba en el mar… Como a un rebaño has conducido a tu pueblo por el medio de Moisés y Aarón (Sal.77:15-20) En este canto se alaba de una manera particular la grandeza del poder divino. Ese poder es visto a través de vívidas imágenes como «extendiste tu diestra», «el soplo de su aliento», «soplaste con el viento»… La victoria quedó manifiesta en todo. Por medio del soplo de su aliento amontonó las aguas como inmensas paredes. Con su mismo soplo todo un ejército se hundió como una piedra en las profundidades del mar. Moisés ve en el poder de Dios la causa para la destrucción del enemigo pero también el instrumento para la salvación de su pueblo. En su canto Moisés levanta esta pregunta «¿quién como tú, oh Jehová, entre los dioses?». «Entre todos los dioses», eso es, entre los de Egipto y los del mundo, ninguno iguala la grandeza y el poder de nuestro Dios. Aquí debe radicar nuestra esperanza. Dios, por su naturaleza y su poder, puede cambiar nuestras ansiedades por cantos de alegría. Bien vale la pena decir aquí lo que alguien acotó, comentando este himno de victoria: «El lloro sólo dura una noche, pero el gozo viene al despertar del día». Hay razones para alabar las victorias de nuestro Dios.

III. ES UN CANTO POR EL FUTURO v. 13-17
En estos versículos se plantea un cambio de simbolismo. Dios pasa de ser un «varón de guerra» a un «pastor de ovejas». A partir de aquí se comenzará a ver al Dios que guía con sabiduría, paciencia y con poder. La marcha que se inicia a partir de las orillas del mar rojo hasta ser introducidos a Canaán, es una marcha que asegura un destino glorioso. Para ellos el futuro estaba despejado. Ningún enemigo podía hacerles frente. Todos los pueblos temblaran y se paralizarán de dolor frente al paso triunfante del pueblo hacia la tierra de la promesa. Este es un canto profético que habla de enemigos perturbados y derrotados mientras el pueblo avanza indetenible. Esta debe ser la verdad de nuestros cantos. Al igual que Israel vamos camino hacia nuestra Canaán celestial. En este camino hay muchos enemigos que vencer, pero hay una continua promesa sobre la que fijamos nuestra fe y esperanza. El Señor Jesucristo, el gran conquistador de nuestra salvación, ya ha llegado a la patria que nos espera. Con su muerte en la cruz abrió el camino que nos separaba, entre Dios y nosotros, y se ha sentado a la derecha del Padre haciendo todo el trabajo de intercesión mientras llegamos allí. Bien podemos hablar de un futuro seguro y glorioso. Él ha entrado en el verdadero reposo, al que no pudo entrar Israel por su desobediencia, y desde allí prepara el gran evento de su segunda venida. La meta para Israel era llegar hasta la «santa morada» v. 13, el monte de Sion, símbolo de eterna morada. La meta para el cristiano es llegar al cielo mismo donde está su salvador. El versículo 17 hace una descripción más detallada del lugar hacia donde ellos se dirigían. El énfasis del himno asegura que Dios «plantará» a su pueblo en su propio monte. Tal declaración expresa estabilidad y permanencia. El monte de Sion llega a ser como la consumación del plan revelado por Dios a su siervo Abraham cuando salió de su tierra. Pero hay que hacer notar que ese «monte de Sion» llegaría a ser también el monte sagrado de la morada de Dios donde debería ofrecérsele todo tipo de alabanza y servicio. Según el versículo 18, allí «Jehová reinará eternamente y para siempre». Esto indica, por lo tanto, que el verdadero destino de Israel era que llegaran a ser una verdadera comunidad de gente adoradora. De esta parte aprendemos que uno de los grandes propósitos de la liberación de Dios es hacer de su pueblo, un pueblo libre para la alabanza. Para nosotros el futuro también está asegurado. Qué bueno es cantar con el himnólogo cuando dijo: ¡»Tierra santa, hermosa y pura! Entraré en ti salvado por Jesús. Yo gozaré siempre la ventura iluminado con deliciosa luz. Voy al cielo, soy peregrino, a vivir eternamente con Jesús». Para Israel, Canaán fue la tierra para su morada, para el creyente el cielo es destino eterno. Nuestro canto debe estar lleno de esa promesa mientras vamos allí.

CONCLUSIÓN: Desde el comienzo hasta el fin la Biblia es un libro de alabanza. Se nos dice que las estrellas alaban al Creador desde el alba misma (Job 38:7) En este pasaje tenemos un canto por la liberación de la esclavitud. Cuando Cristo nació un grupo de ángeles entonaron la más bella canción que hubiese oído hasta ese entonces (Lc. 2:14) Pero todavía hay un canto que no se ha ejecutado. El libro de Apocalipsis nos dice que en la reunión de todos los redimidos, en «aquel día final», y junto al mar de vidrio mezclado con fuego, se entonará el cántico de Moisés y del Cordero, que dice: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se ha manifestado» (Apc. 15:3, 4) De esta manera tenemos que hay un canto al vencedor. Para Moisés, el Señor fue el «varón de guerra»; ahora para la iglesia, Jesucristo es el Cordero triunfante y por eso le canta también. ¿Qué tanto es nuestra alabanza? ¿Hasta dónde reconocemos el nombre del Señor y lo adoramos? ¿No constituye nuestra salvación suficiente motivo para postrarnos en genuina adoración a su poder y su gracia?