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Razones para la institución de la Cena del Señor

El Hijo del Hombre conocía nuestra naturaleza demasiado bien para confiar en una afirmación o promesa así, aun en el caso que hubiera sido hecha. Sabia que el recuerdo de su sacrificio pronto se desvanecería si no hubiera un ejemplo vivo, perpetuo, y sin una apelación a los sentidos; por ello, mediante el tacto, el gusto, la vista, se nos recuerda el sacrificio de Cristo, que para el cristianismo no es un mero sentimiento, sino una realidad histórica. Se nos presenta delante a Jesucristo evidentemente crucificado por nosotros.
Saquemos algunas conclusiones practicas de esto. La memoria depende de dos cosas, de la repetición, y de que la impresión sea sentida, esto es, tal que los sentidos tengan conocimiento de ella.
La segunda razón para la institución de la Cena del Señor es la necesidad de tener en mente la segunda venida de Cristo: “Hasta que El venga” Cuando Cristo partió de este mundo, fue con la promesa de que regresaría. Desde entonces, las almas de los fieles han estado preparadas y esperando esta venida. Así, pues, hay dos sentimientos que pertenecen a esta Cena: la humillación y el triunfo; humillación porque todo nos habla del sacrificio de Cristo y nos recuerda la culpa humana; y triunfo, porque la idea de su segunda venida, esta llena del éxtasis mas elevado.
La siguiente razón para la institución de la Cena del Señor es la enseñanza de la comunión de los santos. Los elementos simbólicos en si tienen por objeto la enseñanza de la unidad den la iglesia. Somos camaradas soldados y compañeros de peregrinaje. Aunque los demás lazos sean disueltos, dios estampa en este solo, algo de su propia Eternidad: unidos en Cristo estamos unidos siempre.

Mi preparación para la Santa Cena

Para una preparación adecuada son necesarias dos cosas. La primera es esta: que mi corazón este ocupado y lleno de Jesucristo, que me ha invitado, y de todas las gloriosas bendiciones que ha de concederme. Los grandes pensamientos sobre Jesús y las grandes esperanzas de lo que hará su amor, pondrán mi corazón al rojo vivo, y será la mejor preparación para recibirle.
La segunda parte de la preparación es considerar si seré un invitado digno, aceptable y bienvenido por el Señor de la Fiesta; esto es, si soy realmente un invitado dispuesto y preparado, de forma que El pueda aprobarme. La completa renuncia de mi mismo a fin de estar dispuesto a vivir por medio de Jesús solamente, ésta es la actitud del alma que lleva a la aprobación del Señor.
El hombre no consigue nada a menos que este preparado a dedicarle tiempo. Incluso cuando la gracia gratuita tiene que hacerlo todo, al margen de nuestras obras, hemos de dedicarle tiempo para realizar su obra en nuestros corazones. Solo cuando en secreto resuelvo conmigo mismo el mirar a Jesús hasta que mis deseos pasen a ser verdaderamente operantes en mi, puedo estar realmente preparado para participar de la Santa Cena. Solo cuando le trato con confianza en el curso corriente de mi vida cotidiana y escondida, puedo esperar bendición extraordinaria de la comunión publica con Cristo a su mesa.
Por lo tanto, seguiré día a día en meditación y oración a sus pies, con los ojos y el corazón puestos en Él. Sé, con toda seguridad, que hallare lo necesario para mi para la celebración de esta fiesta.


Santa Cena : Digno o indigno
1 Corintios 11:27

Este versículo ha actuado como un freno o un obstáculo a que se acercaran a la mesa del Señor muchos de los mejores entre nosotros, pero no es tan terrible como puede parecer. “Indigno” tiene que ser entendido de modo relativo a la ignorancia e imperfección humana; de otro modo actuaría como una barrera que impediría que se acercara nadie. Si el derecho se basara en la justicia, no habría nadie mas que Cristo. Los indignos son aquellos cuyo temple habitual no es cristiano, que siendo indignos, están contentos con su indignidad. Los calificados son aquellos que luchan con malas tendencias y el mal espíritu, y que suspiran por ser mas dignos y verdaderos hijos de Dios.
Los escrúpulos que retienen a algunos para venir a la mesa del Señor son:
1) En cuanto a la edad de la persona que puede hacer declaración publica del discipulado. Ahora bien, la condición del tiempo no entra en la cuestión en absoluto. La vida del espíritu en el hombre no va regulada, en cuanto a su llegada, por el cronometro. Cuando llega la hora de la vida consciente en Dios y la comunión consciente con El, entonces ha llegado la hora en que podemos tomar asiento a la mesa como invitados del Señor, sin importar nuestra edad física.
2) El que la mente este insegura por la duda. ¡Bien! No es raro que por medio de la duda el Señor nos guíe a la fe. Y en tanto que la duda no proceda de la mundanalidad o la frivolidad, en tanto que no haga vacilar nuestra fe en Dios, en Cristo y en la conciencia, en tanto que nos lleve a los pies de Dios en oración, y no lejos de El en orgullo, en tanto que deseemos creer las cosas que encontramos difíciles de creer, la duda puede ser un ayo que nos lleve al hogar, a Cristo. La duda del dogma no es pecado, la indiferencia a las exigencias de Cristo sí lo es, y el Señor ha preparado su mesa para los que le aman y los dóciles, no para el experto científico o el pensador de cabeza clara y lógica. El que duda y que se sienta a la silla de los escarnecedores, se burla y mofa, este tiene que abstenerse de sentarse a la mesa, y el que duda, pero es reverente y humilde venga, y Cristo no retirara su mano.
3) El ser consciente de indignidad personal por causa de la naturaleza. Pero si la mesa fuera solo para los que son dignos, seria una arrogancia que cualquier mortal se acercara. Cristo no invita al justo, sino al pecador a que venga. Realmente, es en el sentimiento que somos todos indignos que se asienta nuestra única calificación. No es que seamos santos, sino que aspiramos a ser santos, y en todo aquel en quien haya este deseo, no importa lo pobre o imperfecto que sean sus logros actuales, es donde se encuentra el verdadero discípulo que puede tomar su lugar en la mesa del Señor como invitado, y no el fariseo satisfecho de si mismo.

Santa Cena: Examen de uno mismo
1 Corintios 11:28
2 Corintios 13.5

Nadie puede comer del pan sin examinarse a si mismo. El peligro de “participar de modo indigno” es ciertamente muy grande. El pecado de “hacerse culpable del cuerpo y la sangre del Señor” es muy grave Todo el que verdaderamente desea recibir bendición de la mesa del Señor hará bien prestando obediencia a la orden de nuestro Señor “Examinaos a vosotros mismos”.
El problema del examen de uno mismo es simple. Según el apóstol, hay solo dos condiciones, o bien Jesucristo esta en ti, o eres un reprobado; una de las dos. No hay una tercera condición. La vida de Cristo en ti puede que sea débil; pero si eres nacido de nuevo verdaderamente, y eres un hijo de Dios, Cristo está en ti. Y entonces, como hijo, tienes acceso a la mesa del Padre.
Pero, si Cristo no esta en ti, eres un “reprobado”. Nada de lo que hay en ti, nada de lo que haces o eres, o incluso deseas y quieres hacer, te hace aceptable para Dios. El Dios contra el cual has pecado examina una cosa en ti: si has recibido a su Hijo. “El que tiene al Hijo tiene la vida”. Con esta el Padre contento. Si Cristo no esta en ti, eres en este mismo momento un “reprobado”. Has venido a la Cena del Señor sin vestido de boda: tu suerte esta en las Tinieblas de afuera. Eres indigno. Estas comiendo tu propio juicio. Estas haciéndote “culpable del cuerpo y la sangre del Señor”.
Examínate a ti mismo, si estas en la fe: pruebate y si resulta que no tienes todavía a Cristo, entonces recibelo hoy mismo. Todavía hay tiempo. Sin demora entrégale tu vida a El. Solo quienes tienen a Cristo tienen el derecho de sentarse a la mesa del Señor.