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“¿QUE, PUES, HARE DE JESUS, LLAMADO EL CRISTO?”

Pilato no supo que hacer con “Jesús, llamado el Cristo” y frente al deseo de aquella ingrata multitud de crucificar al Hijo del Hombre, optó por “lavarse las manos” y no saber de este asunto. De esta manera reflejó su carácter vulnerable y acomodadizo. Pero, ¿quién fue este hombre? El fue gobernador de Judea por los años 26 al 37 D.C. Se le describe como un hombre sin misericordia, cruel, y célebre por su brutalidad. Al igual que los gobernantes romanos le causaba placer, quizás hasta el morbosismo, la tortura y la muerte de los hombres. Tanto fue esto que en una ocasión nos dice la Escritura que mezcló la sangre de unos galileos con su propio sacrifico (Luc. 13:1). Fue ese hombre quien juzgó y sentenció a Cristo. Hizo varios intentos por librarle. Batalló con esta idea por un buen tiempo, pues además de saber que aquel hombre era inocente, había en él, a pesar de tener una corona de espina y por seguro con la cabeza sangrante, una serenidad inigualable y sin la angustia de un sentenciado a muerte. Es verdad que ya en ese momento comenzaba a vérsele sin “atractivo” según la profecía de su sufrimiento. Pero su rostro y porte tan divino tuvo que haber impresionado a aquel hombre de corazón empedernido. Su miraba estaría fija sobre ese extraño Galileo. Su voz calmada, su mirada firme, la convicción de sus doctrina y las respuestas con ese toque de divinidad tuvo que haber dejado una huella en la mente de aquel malvado gobernador. Años más tarde fue llamado a Roma, pues se le acusaba de haber dato muerte a unos inocentes galileos. Ante esto, se dice que se suicidó y que su esposa llegó a convertirse al cristianismo, quien durante los días de la crucifixión soñó con Jesús de Nazaret (Mt.27:19). El carácter de este hombre nos ilustra que no es suficiente estar en la presencia de Jesús con una actitud vacilante e indefinida. Que mucha gente no toma ningún riesgo con Jesús sencillamente por el temor a la “multitud” o cuando se pone en juego los intereses a los que se ama y se está tan apegados. La indecisión conduce la gente a la perdición. ¡Qué pena es tener a Jesús tan cerca y perderse para siempre! ¿Qué harás tú con Jesús, llamado el Cristo?

ORACION DE TRANSICION: Respondamos a esta pregunta siguiendo la actitud de Pilato

I. PODEMOS OIRLE ATENTAMENTE O MENOSPRECIARLE IRREVENTEMENTE

Pilato tuvo que saber acerca de Jesús anticipadamente. Las noticias de su vida, sus milagros y su popularidad no podían serle indiferente. El sabía que ese hombre que por primera vez está en su presencia no era un “malhechor” como lo habían calificado sus acusadores. Su pregunta reflejaba que aunque escuchó algunas respuestas de Jesús no le había oído internamente. Había dado más atención a los planteamientos de los judíos que la causa que representa. Curiosamente Herodes, otro hombre tan célebre por sus maldades como Pilato, sí quería verle y oírle. Le habían hablado tanto de él que se “moría” por las ganas de conocerle; claro está que no para amarlo y rendirle su vida, sino para ver si podía “hacer alguna señal” (Luc. 23:8b). Por lo menos una cosa sucedió con la presencia de Jesús allí: Pilato y Herodes se reconciliaron porque antes estaban enemistados entre sí (Luc. 23:12). Irónicamente Jesús puso en amistad a dos archí enemigos, pero ninguno de los dos se reconcilió con él. Todo este cuadro nos ilustra la manera como la gente escucha a Jesús. En el caso de Pilato, oyó de Jesús porque se lo trajeron a las fuerzas, pero no de una manera voluntaria. Pilato hizo la pregunta que él mismo tenía que responder. “¿Qué, pues, haré con Jesús, llamado el Cristo?”, era una pregunta que plantea una definición de su parte. El tenía el poder de la decisión, ¿no era él el gobernador? ¿ no había dicho que “tengo la autoridad para crucificarte, y que tengo la autoridad para soltarte”? ¿por qué tanta indefinición? Pero era obvio que aun cuando se asombró de Jesús no lo oyó atentamente. La pregunta sigue estando presente para el día de hoy: ¿Qué, pues, haremos con Jesús, llamado el Cristo? ¡Oigamos su causa! Hoy día tenemos mucha información acerca de Jesús. Miles de libros, obras, películas, conferencias, sermones, estudios y un sin fin de cosas se han dicho de Jesús. Pero la gente no lo oye. Todos los domingos su palabra es expuesta pero la gente no oye a Jesús. Bien pudiera haber mucho “ruido” alrededor nuestro y muchas voces que no nos permiten oír la suya. Con frecuencia se escucha más a los que nos hablan mal de Jesús que dejar que él mismo nos hable. Asistimos a una sociedad donde la indiferencia, la resistencia y hasta el menosprecio es una de sus características cuando entramos en conversación seria acerca de la persona de Jesús. El ejemplo de María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, nos ofrece la respuesta correcta a la pregunta de hoy; ella “permanecía a sus pies oyendo su palabra” (Lc. (10:39). Nunca había sido tan necesario oír a Jesús que en la presente generación. Se están levantando muchos “Cristos” que reclaman la atención. Pero solo Jesús, el hijo de David debiera ser oído por todos.

II. PODEMOS ACEPTARLO COMO REY O SER GOBERNADO POR QUIEN NO QUEREMOS

Pilato, al igual que el Herodes del nacimiento de Jesús, hizo preguntas y aseveraciones con el fin de saber si este hombre realmente era rey v. 33, 37, 39, ; 19:3, 14, 15. En el ambiente pululaba la idea que Jesús, por sus proezas y hazañas, sería el rey del pueblo judío. Una semana antes de estar ante Pilato, la multitud que le dio la bienvenida en Jerusalén lo aclamó de esta manera: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en la alturas!” (Luc. 19:38). Jesús sabía que su pueblo quiso hacerlo rey. ¿Quién mejor que él para establecer un gobierno tan distinto al de los reyes de la tierra? Pero categóricamente él dijo: “Mi reino no es de este mundo..” v. 36a. Pilato estaba intrigado por conocer y oír de sus propios labios esta confesión. Pero frente a la pregunta, a lo mejor irónica del gobernador, “¿luego, eres tú rey?”, Jesús majestuosamente responde: “Tú dices que yo soy rey” v. 37a. Y es interesante que va a ser el mismo Pilato, sea por burla o por llevarle la contraria a los judíos, quien mandaría a poner sobre la cruz de Jesús, el título: “JESUS NAZARENO, REY DE LOS JUDIOS” (Jn. 19:19). Finalmente los judíos se negaron a aceptar a Jesús como su rey para afirmar una de sus peores mentiras. Pilato vino otra vez a ellos, y es dijo: “¿A vuestro rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César” (Jn 19:15b). En estas palabras hay una sobre dosis de hipocresía porque lo último que ellos harían era aceptar al César como rey. Ellos aborrecían al emperador romano y jamás habían reconocido su legitimidad. Pero Jesús si es rey, y de acuerdo a este pasaje o se acepta a él como tal u otros estarán gobernando sobre nuestra vida. Jesús fue rey, es rey y seguirá siendo rey porque su “reino no es de este mundo”. Y la verdad es que el reino de Pilato y del emperador romando se acabaron pero el reino de Jesús sigue creciendo y extendiéndose hasta el fin del mundo. La pregunta de Pilato, “¿qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” debería ser respondida aceptando que él es “Rey eterno, inmortal, invisible, el único Dios…” (1 Tim. 1:17). Todos necesitamos una cita con ese Rey. A lo mejor usted dirá, “yo no necesito de Jesús” porque yo gobierno y controlo mi vida. Pero llegará el día cuando usted tendrá una cita con él: “Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo” (2 Cor. 5:10). Es mejor que lo aceptemos ahora como Rey y Señor, porque en su segunda venida aparecerá como tal para gobernar sobre toda la creación. Ante él tendrá que doblarse toda rodilla, inclúyase aquí todos los reyes, monarcas, ministros, presidentes, gobernadores, etc. Un día estaremos delante de él, y sea que le hayamos acepto o no, tendremos que reconocerle como Rey y Señor. Por eso debemos reconocerle ahora.

III. PODEMOS RECOCERLO COMO LA VERDAD O SEGUIR PREGUNTANDO POR ELLA
Pilato hizo la pregunta que mucha gente sigue haciéndose, «¿qué es la verdad» v.38. Había oído directamente de los labios del Señor decir: «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad», y añadió: «Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz» v. 37. Jesús le presentó a Pilato no una serie de reflexiones filosóficas para que el conociera la verdad. Le dijo que él mismo era la encarnación de la verdad. Jesús existía antes de su nacimiento, de modo que cuando dice que él da «testimonio de la verdad», estaba declarando su conocimiento eterno juntamente con su Padre. El vino del cielo donde ha contemplado la verdad de Dios mismo. Pero Jesús también habló de aquellos que son de la verdad; los que tienen un corazón sensible para oír al dador de la verdad. En la pregunta de Pilato se esconde una soberbia e indiferencia y la misma representa aquella presuntuosa ligereza del hombre de todos los tiempos, quienes ven en Jesús a alguien más de los tantos «iluminados» que han venido en diferentes épocas, pero no como la verdad absoluta. Jesús dijo categóricamente: «Yo soy la verdad’, y también agregó: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Pero los modernos «Pilatos» han puesto en entre dicho, lo que hasta ahora hemos aceptado como verdad absoluta dejada por Jesús, convirtiéndola en la interpretación subjetiva de los hechos. Estamos en presencia de un relativismo tal que sostiene la imposibilidad de una verdad universalmente válida. La Nueva Era con su posición anticristiana ha dicho: «No hay una verdad absoluta, todo es asunto de una mera opinión personal». Ellos sostienen que dos afirmaciones contrapuestas pueden ser ambas verdaderas. Siendo esto así, no es extraño que todas las religiones estén en lo cierto y que todos los caminos son válidos para llegar a Dios. Esto, en consecuencia, ha dado lugar a la más libre corriente de pensamiento moderno, que arrastrando todo tipo de sincretismo, está golpeando lo que hasta ahora hemos reconocido como principios inobjetables y doctrinas no negociables de nuestra prístina fe «una vez dada a los santos». Pero no hay muchos caminos que conduzcan a la verdad. La respuesta que demos a la pregunta de Pilato: «¿Qué, pues, haré con Jesús, llamado el Cristo?», detendrá nuestra búsqueda acerca de dónde o quién tiene la verdad. La verdad no está en una cosa, en una filosofía, en una religión, etc. La verdad está en una persona. Esa persona es Dios y él se ha revelado a través de su Hijo por medio de quien ha dado a conocer la verdad. No hay verdad fuera de él. Conocer a Jesús es conocer la verdad.



IV. PODEMOS ESCOGER SU AMOR O LIBERAR EL ODIO
Pilato se enfrentó con una decisión que nunca había manejado. Cada año, por esa misma época, acostumbraba a hacer una especie de «indulto presidencial». Algún preso recibía los beneficios de las bondades del gobernador, independientemente de lo habría hecho. Ahora está en presencia de dos hombres que son como una especie de antítesis entre lo bueno y lo malo. Entre lo santo y lo profano. Entre un pecador convicto y culpable y un inocente acusado sin pruebas. ¿Qué hacer ante esa inusual situación como legislador? Pilato pensando que el pueblo optaría porque por lo que era obvio: escoger al inocente y condenar al culpable, los presentó ante ellos, pero no contó con el aborrecimiento y odio que salió hacia Jesús; el hombre a quien el mismo había calificado como inocente y en quien no había encontrado «algo digno de muerte». El había puesto preso a Barrabás. De él la Biblia dice que era un ladrón v.40b, un criminal y un vulgar malhechor. Pilato sabía que el hombre digno de ir a la cruz era Barrabás y no Jesús. Pero aquí volvemos otra vez al misterio de la salvación y la actitud que los hombres han presentado en todos los tiempos. En aquella ocasión condenaron al inocente, el dador del amor por el representante del odio, del pecado, de la maldad. Y así seguimos viendo a la humanidad. Se reconoce la inocencia, la pureza, la santidad y la vida única y extraordinaria de Jesús pero se sigue escogiendo a «Barrabás». El es símbolo de la codicia, de la avaricia, de la traición, de la falta de amor y sensibilidad y del odio que reina entre los hombres. En aquella escena se condenó la inocencia y se liberó el mal. Y es que el pecado en sus diferentes manifestaciones pareciera ser la preferencia de muchos. Hoy cuando hablamos del amor representado en la persona de Jesús, con todo el bien que quiere traer a los hombres, nos parece escuchar voces que siguen diciendo: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!». Pero esto no es lo que el Señor quiere que hagan sus criaturas. Cuán dulce suenan las palabras del apóstol Pablo cuando dijo: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8). Cristo murió para enfrenar el pecado. Por eso que algunos sienten tanto placer en practicarlo y consumirlo, pero que hace hundir más y más a esta sociedad que se aleja de Dios. Somos llamados para escoger el amor y no el odio. El mundo, el pecado y la carne pueden traer gozos temporales pero Jesucristo nos da una vida abundante. ¿Con quién nos quedamos? ¿con Cristo o con Barrabás? ¡Condenemos el odio y liberemos el amor! Amén.

CONSCLUSION: Pilato dijo dos cosas respecto a Jesús que son como registros de la historia y fundamentos de nuestra fe. En todo el interrogatorio que le hizo se dio cuenta que Jesús fue inocente. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué le condenaban? El veredicto de Pilato se constituye en la razón de nuestro amor y entrega a Jesucristo. Jesús fue inocente pero se hizo por nosotros pecado. En el no hubo maldad ni se halló engaño en su boca. Por eso él es nuestro santo y único salvador. Pero también Pilato hizo esta presentación de Jesús: «¡He aquí el hombre!» (Jn. 19:5b). Sin darse cuenta hizo una de las confesiones más grande de todos los tiempos. Jesús es el hombre completo en su integridad de virtudes y en sus facultades humanas. Todo lo que el hizo, dijo y fue lo hace único. El es el Hijo del Hombre, en lo que respecta a su naturaleza humana pero también el Hijo de Dios en lo que respecta su naturaleza divina. «¿Qué, pues, haré con Jesús, llamado el Cristo?». Usted debe responder responsablemente a esa pregunta.