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MIRANDO A JESÚS

Si mirásemos al Todopoderoso quedaríamos indefectiblemente ciegos, porque la luz inaccesible, en donde Él habita, es demasiado brillante para que la pudiésemos soportar; y así como ningún ojo mortal puede fijarse impunemente en el astro del día, asimismo ninguna inteligencia humana podría mirar al Creador sin que el resplandor de la divina esencia hiriese su ojo espiritual, de una ceguera eterna.

El único modo en que podemos contemplar al Altísimo es por el Mediador Jesucristo. Sí; hasta que no considero a Dios manifestado en carne, la divinidad velada bajo la humanidad, mi corazón, repito, no puede hallar la paz; pero desde que acepto por la fe el misterio de la encarnación, ¡oh!, desde entonces puedo elevar con seguridad mis ojos hacia Dios, porque El ha descendido hasta mí y mi pobre inteligencia limitada puede comprenderle y recibirle.

Aplicaré, pues, mi texto a nuestro Señor y Salvador Jesucristo; y creo que esta interpretación es perfectamente legítima; pues desde el momento en que un alma mira a Dios tal como se ha manifestado en Jesús, desde que distingue la divinidad hecha visible en la persona del Hombre nacido de la virgen María y crucificado bajo Poncio Pilato, puede decirse con toda exactitud que tal alma ha sido iluminada: su entendimiento recibe torrentes de luz, y su corazón rayos de consolación.

Me propongo, queridos oyentes, invitaros primero a mirar a Jesús EN SU VIDA EN LA TIERRA, y espero que algunas almas recibirán bien de esta primera consolación. Luego os exhortaré sucesivamente a mirarle: EN SU MUERTE, EN SU RESURRECCIÓN, EN SU ASCENSIÓN, EN SU OFICIO DE INTERCESOR, y al fin EN SU SEGUNDA VENIDA.

¡Quiera el Señor que le miremos con fe, de tal modo que mi texto sea una realidad para cada uno de nosotros, y que por una dulce experiencia, reconozcamos la verdad de estas palabras: ¡A El miraron, y fueron alumbrados!

I

Hemos dicho que primeramente contemplaremos al Señor Jesús EN SU VIDA. Aquí, el creyente atribulado encontrará preciosas luces que iluminen su alma. En el ejemplo de Jesús, en su paciencia, en sus dolores, hay como estrellas resplandecientes, capaces de disipar las tinieblas más espesas de la sombría noche de la adversidad. Aproximaos, pues, hijos de Dios, y sólo con que el Espíritu Santo se digne abrir los ojos de vuestro entendimiento, cualesquiera que sean vuestras pruebas, tanto temporales como espirituales, encontraréis en la vida de nuestro Salvador y sus abundantes sufrimientos, fuentes de consuelo y gozo.

Acaso, y debiera decir sin duda, hay en este instante delante de mí más de un infortunado que se agita en los abismos de la miseria. Hijo del trabajo y de la pena, no come su pan sino a costa de muchos sudores; sobre su cuello pesa el abrumador yugo de la opresión; las privaciones bajo todas sus formas le hacen sentir su aguijón. Tal vez mientras hablo sufre secretamente las torturas del hambre y, aunque está en la casa de Dios, no puede imponer silencio a las necesidades imperiosas de su cuerpo que desfallece y sufre… ¡Oh, mi pobre hermano en Jesús, mírale, mírale y serás iluminado! ¿Cómo podrás lamentarte de tu pobreza, de tu abandono y de tu angustia? ¿No te ha predicho tu Maestro que tendrías tribulaciones en el mundo? ¿Y no sabes que por muchas tribulaciones es necesario que entremos en el reino de Dios? (Hch. 14:22)

Mira a Jesús, mírale ayunando durante cuarenta días; mírale después andando penosamente un camino árido; mírale rendido, fatigado y sediento, sentándose al borde del pozo de Sichar. Óyele, El, el Señor de gloria, el que tiene las nubes en la palma de su mano, oye cómo le dice a una mujer samaritana: «Dame de beber.» ¿Será el discípulo más que su Maestro y el siervo más que su Señor? Si Jesús ha sufrido hambre, sed y toda suerte de privaciones, ¡oh, desheredado de la tierra, lleva tu carga con paciencia! Estás en comunión con tu Salvador en todas estas cosas, estás en comunión con tu Salvador; no te dejes, pues, abatir perdiendo el ánimo, mírale y serás iluminado.

Mas, pudiera ser, querido hermano, que tu tribulación fuese de otra naturaleza. Tal vez has venido aquí esta mañana, con el corazón sangrando aún de las heridas que te ha inferido la lengua venenosa del reptil inmundo llamado calumnia. Aunque pura y sin tacha ante Dios, tu reputación parece perdida ante los hombres; tus detractores han procurado infamar lo que más querido te es en la vid a: tu honor, tu buen nombre; has sido acusado de maldades por las cuales siente horror tu alma; así es que, hoy, te sientes saciado de amargura, como embriagado de acíbar.

Convengo en que tu prueba es bien difícil ¡oh hijo de dolores!, porque si la pobreza es como el látigo de Salomón, la maledicencia es como los escorpiones de Roboam (alusión a 1º R. 1-14); y si el yugo de la miseria pesa, el de la calumnia pesa más aún. No obstante, por amarga que sea tu pena, puedes hallar consuelo en Cristo. Ven, hermano mío, mírale y serás iluminado. El Rey de reyes fue llamado samaritano, se le acusó como poseído del demonio, y Aquel en quien residía la suprema sabiduría fue tildado de loco. ¿No fue su vida la más pura y santa? Sin embargo se le trató de comilón y bebedor, de amigo de publicanos y pecadores. ¿No era el Hijo amado del Padre? ¿No tenía toda potestad en el cielo y en la tierra? Pues, a pesar de ello, se dijo de El que lanzaba los demonios por Beelzebub, el príncipe de los demonios. ¡Animo, pues, pobre víctima de la calumnia! Si al padre de la familia llamaron Beelzebub, ¿cuánto mas a los de su casa? (Mt. 10:5). Si hubieran honrado a tu Maestro podrías haber esperado que se te honrara a tu vez; mas habiéndosele cubierto de injurias y procurado arrebatarle su gloria, no te sorprenda ser el blanco de la malicia del mundo ni te maraville ser objeto de sus ultrajes. Jesús marcha a tu lado por la senda de la ignominia; Él lleva su cruz delante de ti, cruz mucho más pesada que la tuya. Una vez más, mírale y serás iluminado.

Ya oigo a otro de mis oyentes que exclama: «¡Ah!, mi aflicción es mayor aún. No soy perseguido por la calumnia ni oprimido por la miseria, pero la mano de Dios pesa sobre mi alma. El Señor ha traído a mi memoria mis transgresiones pasadas; el brillo de Su faz se me ha. escondido. Hubo tiempo cuando estaba seguro de mi salvación, podía yo leer, de cualquier manera, mi nombre escrito en el libro de la vida; mas hoy ¡ay!, he caído muy abajo. El Señor me ha levantado y luego me ha lanzado al suelo; como un gladiador me ha levantado para arrojarme lejos con tanta más fuerza; mis huesos están abatidos y mi espíritu hundido en la tristeza.» Querido hermano angustiado, te digo lo propio que a los otros: ¡Mira a Jesús y serás iluminado! No lamentes más tus miserias, sino ven conmigo y mira a tu Salvador. ¿Ves el monte de los Olivos? La noche es fría, el suelo cruje, bajo tus pies, endurecido por la helada; allí, en medio de las tinieblas y el silencio, está de rodillas tu Salvador. Escúchale. ¿Comprendes el sentido de sus gemidos, el lenguaje de sus suspiros? Tus angustias no pueden compararse, ciertamente, con las que debieron pesar sobre su alma, cuando de todo su cuerpo salían gotas de sangre tiñendo el suelo a su alrededor. Y tus luchas, ¿osarás compararlas con las suyas? Mírale en Getsemaní, luchando cuerpo a cuerpo contra las potencias de las tinieblas. Escucha ¡oh!, escucha, sobre todo, el terrible grito que sale de sus labios en el último y solemne momento de su agonía: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado? Y cuando hayas oído este grito de suprema angustia, no encuentres extraño, querido hermano, si eres llamado a medirte alguna vez con satanás, ni te maravilles, como si alguna cosa peregrina te aconteciese, aun cuando debieras, unirte al lama sabachthani de tu Señor, o sudar con El gotas de sangre. ¡Mírale y serás iluminado!

Pudiera ser también que tuviese ante mí, en este instante, algún fiel perseguido por la justicia. «¡Ay! exclama-, yo no puedo practicar en paz los mandamientos de mi Dios. Mi prójimo, mis amigos se han unido contra mi, suscitándome mil obstáculos. Soy objeto de sarcasmos, burlas y humillaciones de todas clases por el Nombre de Cristo.» ¿Y qué te importa, hijo de Dios? Nada temas, pero mira, a tu vez, a Jesús y serás iluminado. Acuérdate de las persecuciones sin número a que estuvo sujeto tu Salvador por amor de tu alma. Piensa ¡ah!, piensa en las bofetadas y esputos, en los insultos de los soldados y las injurias que de la multitud recibió. Piensa en aquella terrible marcha a través de las calles de Jerusalén, cuando todos a porfía le insultaban, y aun aquellos que iban a crucificarle le colmaban de injurias. Di, hermano querido, ¿has sido maltratado más que Él alguna vez? ¿Has sufrido alguna vez ultrajes mayores?… ¡Oh!, me parece que una sola mirada dirigida al Hombre de dolores, debiera bastar para reanimar al cristiano más tímido, haciéndole ceñir su armadura con nuevo valor. ¿Temeremos, acaso, ser tan infamados como nuestro Augusto Jefe? Mirando a Jesús, los nobles mártires de los tiempos pasados fueron hechos capaces de afrontar, por su Nombre, las hogueras y los tormentos; estos valientes soldados de la cruz sabían que, al salir de la terrible batalla en la que iban a dejar su vida, les esperaba una corona gloriosa: la sangrienta corona del mártir. Por eso permanecieron firmes como viendo al Invisible; y esta visión les fortaleció en el seno mismo de los sufrimientos más crueles. Redujeron su pensamiento a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores, para no fatigar sus ánimos desmayando; resistieron hasta la sangre, combatiendo contra el pecado (He. 12:3, 4), y sabiendo que su Señor había hecho igualmente, Su ejemplo sostuvo su constancia.

¡Ah! Queridos hermanos y hermanas, si mirarnos más a Cristo, creed que nuestras pruebas no nos parecerán tan penosas. Aun en la noche más negra, una mirada hacia Cristo, basta para iluminar el cielo de sus hijos. Sí; aunque estuviésemos rodeados de una oscuridad de tal modo densa que semejara la de Egipto, que podía tocarse con las manos (Ex. 10:21); aunque nos encontrásemos, por decirlo así, aprisionados en murallas de espesas tinieblas, una simple mirada a Jesús sería como el brillante relámpago que rasga la nube; tan brillante, sí, pero no tan fugitivo. ¿Qué son, en efecto, las fatigas del camino, para el alma que contempla a Cristo? Regocijada por Su voz, fortalecida por Su fuerza, se encuentra pronta a soportarlo y sufrirlo todo; y, con tal que la sostenga hasta el fin, a obedecer, como El hasta la muerte.

Vosotros, pues, cristianos trabajados y cargados, cualesquiera que sean vuestras pruebas, acordaos de mirar a Jesús en su vida y seréis iluminados.

II

Y todavía ahora os invito a contemplar un espectáculo más lúgubre; pero, ¡cosa extraña!, a medida que se oscurece el horizonte alrededor de Jesús, aumenta para nosotros su resplandor. Cuanto más se hunde el Salvador en los abismos del dolor, más brillantes son las perlas que nos procura; cuanto más amargas son sus angustias, más vivos son nuestros goces, y cuanto más profundas sus humillaciones, más brillantes nuestras glorias. Venid, pues, queridos oyentes -y esta vez me dirijo tanto a los pobres pecadores que temen y tiemblan, como a las almas creyentes-, venid a mirar a Jesús EN SU MUERTE. Subamos juntos al Calvario. Allí, sobre la *****bre de la colina, fuera de las puertas de Jerusalén, en el lugar donde se acostumbraba ejecutar a los malhechores vulgares, allí, digo, han sido elevadas tres cruces. La del medio ha sido reservada para un hombre considerado como el más grande de los criminales. ¡Vedle clavado en la cruz! Este hombre es el Príncipe de la vida, es el Señor de gloria, a los pies del cual los ejércitos celestiales se complacen en verter noche y día copas llenas de perfumes y alabanzas. ¡Oh misterio de los misterios!… Se le ha clavado en la cruz; allí está suspendido entre el cielo y la tierra, herido, ensangrentado, agonizante. Tiene sed, dama angustiosamente y se le trae vinagre que le aplican brutalmente a los labios. Sufre, muere, necesita simpatía, pero se le insulta, gritándole con cruel ironía: «A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.» Desnaturalizando sus palabras, le desafían ahora a destruir el templo y reedificarlo en tres días; de manera que, en el propio momento en que esta predicción se realiza, es burlado por su impotencia para *****plirla.

¡Oh! Contempladle antes que se extienda el velo sobre una agonía demasiado aguda para que el ojo humano pueda soportarla. Miradle… ¿Hubo jamás un rostro tan injuriado como Su rostro? ¿Hubo nunca un corazón tan pletórico de sufrimientos como Su corazón? ¿Qué ojos reflejaron, jamás, cual los suyos, el fuego devorador de una agonía ardiente? ¡Oh! Venid, aproximaos, contempladle; venid y ved ahora a Jesús. El sol está en eclipse, rehusando iluminar este tristísimo espectáculo. La tierra tiembla, los muertos se levantan, los horrores de sus sufrimientos hacen vacilar a la naturaleza entera.

«¡Murió, murió el Santo, el Justo,

Él, el Amigo de los pecadores!…»

Querido oyente: cualquiera que seas, te invito en este instante a mirar a la cruz de Cristo para ser iluminado. ¿Qué dudas asaltan tu alma? Cualquiera que sea su naturaleza, hallarán, tenlo por seguro, una dulce y consoladora solución al pie de la cruz de Cristo. Tal vez has venido a este lugar de culto dudando de la misericordia de Dios; mira al Salvador muriendo en el Calvario, y te será imposible seguir dudando. Si no fuese Dios rico en compasión y abundante en gracia, ¿habría, te pregunto, enviado a su Hijo, su único, para sufrir y morir? ¿Puedes suponer que un Padre que arranca a su Amado de su seno, que le ha clavado en el árbol de la cruz, para que sufra la ignominiosa muerte que nos da la vida, puedes, digo, suponer que este Padre sea duro, inflexible, sin entrañas y sin piedad? ¡Afuera tal pensamiento impío! No, nunca se hubiera levantado la cruz en el Calvario si no hubiera tesoros de compasión en el corazón de Dios.

Mas, ¿dudas, acaso, de que el Señor puede salvarte? Estás diciendo ahora: el Santo, el Justo ¿cómo podrá dar gracia a un ser tan culpable como yo? ¡Ah! Mira, pecador, mira la gran expiación que ha sido hecha, la inapreciable ofrenda pagada por tu alma. ¿Crees que la sangre vertida por el cuerpo llagado de Jesús no tiene virtud para lavar tu alma y justificarla perfectamente? Sin la cruz, es cierto, este problema habría quedado eternamente insoluble. ¿Cómo podría Dios ser tan justo, justificando el pecado? Pero mira en el Gólgota al ensangrentado Sustituto del hombre culpable, y ten en cuenta que el Señor ha aceptado sus sufrimientos como equivalente de la pena que debían todos aquellos que creen en El… ¿Osarás, después de esto, decir que la sangre de Cristo no basta para librar al pecador, dejando, sin embargo, a salvo la invariable justicia de Dios?

Mas, quizás habrá almas que me dirán: «No dudamos de la misericordia de Dios en general, ni de su poder para perdonar, pero lo que dudamos es si su voluntad es perdonamos individualmente.» Queridos amigos, que de tal suerte habláis, os conjuro por Aquel que está vivo y ha sido muerto, a que no busquéis la respuesta a esta dificultad en vosotros mismos; no procuréis, como lo habéis hecho otras veces, considerar de nuevo vuestros pecados; ellos han hecho todo para perderos, y nada harán para salvaros. El único lugar donde podéis encontrar una respuesta consoladora para vuestras almas es al pie de la cruz. Id pues, y entrando en vuestras casas, en la calma y el silencio, contemplad espiritualmente la cruz de Cristo. Contemplad allí al Salvador moribundo; ved sus llagas, sus dolores, su agonía; y después de esto os desafío a que me digáis aún: «¡dudo de su amor para conmigo!» Sí; la contemplación del Cristo engendra la fe. Se puede llegar a creer en Cristo con tal que se le contemple; y si le miráis, conseguiréis la certeza de que su buena voluntad para salvaros es igual a su poder; sabéis que está lleno de caridad, lleno de tierna compasión, siempre dispuesto a prestar su ayuda al caído. El que duda es porque no conoce a Cristo. Si todo el mundo quisiera mirar a Cristo, el mundo entero creería en Él.

Probad, probad, queridos amigos, a mirar a Cristo, enseguida, ahora mismo, y sentiréis que todas vuestras dudas se disipan como por encanto; porqué nada hay que mate más repentinamente toda incredulidad y desconfianza, que una mirada puesta en los ojos dulces y amantes del Salvador crucificado.

«Por mi parte -dirá alguien-, si dudo de mi salvación es porque no puedo ser tan santo como desearía. He procurado desembarazarme de mis pecados, pero sin conseguirlo. Me he esforzado para no alimentar malos pensamientos ni cometer malas acciones, pero ¡ay!, siento aún que mi corazón es engañoso, más que todas las cosas (Jer. 17:9), y que ando siempre errante, lejos de Dios. Creo imposible mi salvación mientras que me encuentre en tal estado…» ¡Detente, querida alma! Mira también tú a Jesús y serás iluminado. ¿Qué necesidad tienes de contemplarte siempre a ti mismo? La gran cuestión del pecador no es consigo mismo, sino con Cristo. Tú debes ir a Él, tal como estás; enfermo del alma, trabajado de la conciencia, manchado en tu vida, y pedirle la salvación. No hace falta que seas primeramente tu propio médico, para ir luego en busca de ayuda a Cristo; no, debes ir tal como eres. La única manera en que recibas la salvación, es confiarte sencilla, implícita y exclusivamente a Cristo. Que sea Él la única columna de tu esperanza y jamás procures apuntalar con los frágiles estribos de tu propia justicia. Acuérdate que Jesús puede y quiere salvarte. Sólo te pide que confíes en El. Las buenas obras vendrán más tarde: ellas son el fruto del Espíritu, frutos de la última estación, si puede decirse así; mas, por de pronto, tu obra consiste no en hacer, sino en creer. Mira, pues, a Jesús y reposa únicamente en El.

«Pero -responde otro- me temo que no siento, como debiera, la necesidad de un Salvador.» ¡Ah!, siempre el mismo engaño de Satanás. Tú, hermano mío, te miras también a ti mismo: de ahí viene el mal. Puede decirse que nuestras dudas y temores no tienen más que una sola causa, a saber: nuestra obstinación en volver nuestros ojos hacia donde no debemos. ¿Por qué no miras a la cruz del Calvario? ¿Por qué no miras a Jesús, como lo hizo él pobre ladrón crucificado a su lado? Tú sabes que él clamó, diciendo simplemente: «¡Señor, acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino!» Haz lo mismo. Nada te impide, seguramente, el decir a Jesús que no sientes bastante la necesidad que de El tienes; puedes, si quieres, enumerándole tus muchas faltas, manifestarle que no estás bastante convencido de tu profunda indignidad, y añadir a todas tus confesiones la siguiente súplica: «Señor, ayúdame a confesarte mejor mis pecados, ayúdame a sentir una compunción más sincera.» Mas, aunque hagas todo esto, acuérdate de que el arrepentimiento jamás te salvará; la salvación no se alcanza -no temo volverlo a decir- sino por la sangre de Cristo, por aquella sangre que se escapó de sus manos, de sus pies, de su costado alanceado… ¡Ah!, queridos oyentes, os ruego, en el nombre de Aquel en cuya presencia me encuentro y al cual sirvo, que volváis los ojos de vuestra alma en este momento hacia la cruz de Cristo. ¡Contempladla! Yo la levanto hoy en medio de vosotros. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así el Hijo del hombre es levantado ante vuestros ojos en este momento, para que todo aquel que en El creyere no se pierda mas tenga la vida eterna (Jn. 3:1-16).

Una palabra ahora a vosotros, hijos de Dios, pues también vosotros tenéis vuestras dudas. ¿Queréis veros libres? ¿Queréis regocijaros en el Señor con una fe firme y una inquebrantable confianza? Mirad a Jesús, miradle de nuevo y seréis iluminados. Yo no sé lo que sucederá a mis queridos hermanos en la fe; pero por mi parte, lo confieso, mi alma es asaltada a menudo por penosas perplejidades hasta tal punto que me pregunto con inquietud si tengo o no el más mínimo amor al Salvador.

Y aunque ciertas personas que gozan, según ellas, de una no interrumpida seguridad de su salvación, se burlan del himno que comienza con estas palabras: «¡Ay!, temblando se pregunta Sin cesar mi corazón: ¿Es mi vida para el mundo, O pertenece al Señor?» declaro que, cuanto a mí, he tenido que cantarlo muchas veces. Aun más; tengo la convicción de que todo hijo de Dios sufre sus momentos de duda, y que aquellos que nunca sienten inquietud acerca de su estado son precisamente los que debieran con más razón sentirla.

Encontré cierto día a un hombre que se jactaba delante de mí de no haber tenido un solo momento de ‘duda desde hacía treinta años.

-Pues yo conozco a una persona, le respondí, que por su parte nunca ha tenido duda alguna con respecto a Vd. Mi interlocutor tomó estas palabras como una cortesía, y dijo con aire satisfecho: -¿Cómo es esto? ¿Esa persona me conoce tan a fondo? -Sí -repliqué; tanto que siempre os ha creído el más insigne hipócrita que ha conocido.

Tal era, en efecto, el caso con este infortunado. Y sin embargo, según él, gozaba hacía largos años la firme seguridad de su salvación; a creer sus palabras, se sentía escogido de Dios, era, por decirlo así, un hijo mimado, no le daba miedo la doctrina de la elección; por el contrario, se complacía en proclamaría y de buena gana la hubiera escrito en su frente; pero, al mismo tiempo, era el amo más duro, un opresor de los pobres; y cuando más tarde, llegó él mismo a ser pobre, cayó hasta el último escalón de la degradación y del vicio.

He citado este ejemplo para probar que no son siempre los cristianos más sólidos aquellos que más hablan de su seguridad. Hay pobres almas tímidas, que tocan en realidad las puertas del cielo, y, no obstante, tiemblan aún, a veces, por temor a ser arrojados en el infierno; mientras tal o cual orgulloso fariseo marchará, alta la frente y el corazón tranquilo, por el ancho camino de la perdición.

Sea de ello lo que fuere, queridos amigos, vuestro deber de salir cuanto antes de estos desfallecimientos de vuestra fe, no es menor, y por lo mismo os digo otra vez: mirad a Jesús. Tomad como divisa las siguientes palabras de un eminente cristiano, recogidas de su lecho de muerte para ser grabadas sobre su tumba:

«Miserable, perdido,

sin fuerza ni defensa,

en tus brazos me abandono

¡oh, Cristo Jesús!

De Ti perdón espero,

de Ti salud y gloria; pues

Tú lo has prometido

y Tú lo harás.»

Nuestras expensas, estemos seguros que los abrojos y las espinas brotarán en abundancia bajo nuestros pasos. -A El miraron, y fueron iluminados.

III

Se refiere a que al expirar este mismo cristiano, interrogado por uno de sus amigos, dijo: «Estoy reuniendo todas mis buenas obras, arrojándolas al mar y abordando con todas mis fuerzas la tabla de la salvación por gracia, sobre la cual espero llegar muy pronto a la gloria.» ¡Haced lo mismo, cristianos! Fijad vuestra mirada constantemente sobre Cristo SÓLO, y seréis constantemente iluminados; pero si dejáis errar los ojos de vuestra alma, si primeramente os miráis a vosotros mismos, dejando a Cristo para luego, ¡oh!, entonces vuestro cuerpo entero quedará en las tinieblas. ¡A la cruz, hijos de Dios, a la cruz! Id donde van las ovejas perseguidas por alguna bestia salvaje: id tras vuestro Pastor. Las fieras temen su cayado; mas para vosotros éste no ha de ser causa de miedo, sino de consuelo. ¡A la cruz, hermanos míos, a la cruz os digo, si queréis que vuestra fe se afirme! ¡Ah! Si viviésemos más cerca de Jesús, si nos uniésemos a Jesús con más frecuencia, si reposásemos sobre Jesús con más confianza, estoy seguro de que las dudas y temores serían cosas desconocidas entre nosotros; entonces nuestra vida cristiana semejaría un sendero suave y llano, sin espinas ni abrojos; pero desde el momento en que procuramos, de alguna manera, vivir a Mas es tiempo que volvamos nuestros ojos hacia la gloriosa escena de la RESURRECCIÓN DE CRISTO. Venid y admirémosla reunidos. La serpiente antigua acaba de herir el calcañal de la Santa Posteridad de la mujer (Gn. 3:15). El Hijo de Dios, el Redentor de los hombres, acaba de exhalar el último suspiro, y las hijas de Jerusalén se lamentan al pie de la cruz. Se envuelve su cuerpo en un sudario, se le deposita en el sepulcro, y allí duerme tres días y tres noches. Pero ¡oh prodigio!, el primer día de la semana, Aquel al cual no podían retener los lazos de la muerte, Aquel cuya carne no debía sentir la corrupción, ni su alma quedar prisionera en el lugar del silencio, ¡el mismo Jesús se vuelve a levantar triunfante! En vano le sujetaron con vendas, El las quitó por su potencia, dejándolas a un lado en perfecto orden. Vanamente fue sellada la piedra que cerraba el sepulcro: un ángel desciende del cielo, la quita e inmediatamente sale Jesús triunfante. En vano los soldados y guardias velaban cerca de la gruta: todos ellos huyeron, sobrecogidos de terror al aparecer el Príncipe de la vida, el Vencedor de la muerte, el primer Nacido de la tumba; ¡Él aparece, habiendo vuelto a tomar la vida por el solo esfuerzo de su voluntad soberana!

Veo, amados míos, entre vosotros, los que visten el triste traje de luto. Tales personas han perdido acaso el objeto de sus afecciones más caras. Tengo también ante mí-no puedo dudarlo- muchas almas constantemente atribuladas por el temor de la muerte; están «toda la vida sujetas a servidumbre, pensando en las angustias postreras, en la lucha suprema que todo hijo de Adán ha de sostener al atravesar el Jordán». A estas dos clases de afligidos me dirijo en este momento: ¡Oh, vosotras almas de luto y almas tímidas! Venid, os lo suplico, venid a contemplar a Jesús saliendo de la tumba; fijad bien en vuestro espíritu que estas palabras tan llenas de esperanza, son literalmente verdaderas: Ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que durmieron es hecho (1~ Co. 15:20). Si; aunque nuestra carne mortal, manchada por el pecado, debe volver al polvo, desde ahora podemos entonar el canto de triunfo:

«¡De la muerte el imperio vencimos,

Por el Rey que nos dio la victoria!

Al poder de este mundo servimos,

Mas ahora al Señor de la gloria.»

¡Cobra, pues, ánimo, pobre viuda! Si tu esposo ha muerto en Jesús, no llores por él, pues Jesús te lo devolverá. ¡Mira!, el Maestro ha resucitado. No es un fantasma, porque en presencia de sus discípulos comió de un pez asado y parte de un panal de miel; tampoco un espíritu, porque El mismo dice: «Palpad y ved: que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lc. 24:39). Su resurrección fue una palpable realidad.

Hijos de Dios, aprended a moderar vuestro dolor. Los seres amados que habéis perdido volverán a vivir. Y no solamente los espíritus, sino los mismos cuerpos vivirán de nuevo. La tumba, el gusano, la corrupción no hacen más que depurar nuestra carne; al son de la trompeta del arcángel seremos vestidos de nuevo. ¡Oh, amados míos! No creáis que el gusano del sepulcro haya comido a vuestros hijos, vuestro esposo, vuestros amigos o vuestros parientes. Cierto que, bajo el punto de vista humano, así parece ser; pero ¿qué es el gusano del sepulcro, después de todo, sino el crisol por el cual debe pasar nuestra pobre y manchada carne, para que sus impurezas se consuman? Sí; «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta… los muertos serán levantados sin corrupción, y los vivos serán transformados» (1ª Co. 15:52). Entonces ¡oh dicha!, los ojos que la muerte acaba de cerrar, serán halla-dos por vosotros de nuevo. La mano que habéis visto caer inerte sobre la cama fúnebre, la estrecharéis otra vez. Los labios que no hace mucho estaban blancos y fríos, los besaréis aún y oiréis la voz amada, silenciosa ahora en la tumba… ¡Oh bienaventurada esperanza!, así como el Maestro resucitó, resucitaremos también nosotros.

Y en cuanto a vosotras, almas temerosas, que tembláis al solo nombre de la muerte, decid: ¿por qué estos terrores, por qué estas lágrimas? Jesús ha muerto antes que vosotros. Antes que vosotros ha franqueado las férreas puertas del sepulcro, y cuando vosotros, a vuestra vez, tengáis que franquearlas, vendrá El a vuestro encuentro. Nada temáis, pues.

Una vez más: ¿por qué temblar? Habiendo resucitado Jesús, también resucitaréis vosotros. No se turba vuestro corazón y confiad en El. Al depositaros en la tumba, no habrá acabado todo para vosotros; ¡oh, no!, vuestro despojo mortal será como una simiente puesta en la tierra en vista de la cosecha eterna. Vuestro espíritu volverá a Dios, y vuestro cuerpo, después de haber dormido por algún tiempo en el polvo, será despertado a la inmortalidad. Es necesario que este cuerpo muera primero, para ser después vivificado; pero cuando haya conocido la muerte, recibirá la nueva vida. ¡Oh, qué precioso es contemplar por la fe al Salvador resucitado! A El miraron, y fueron alumbrados. Yo no sé nada que pueda elevar nuestros espíritus hacia el cielo, como una visión clara de la resurrección de Jesucristo. Entonces, los amigos que mueren no son perdidos para nosotros, ellos sólo se nos han adelantado; nosotros mismos no moriremos; parecerá que morimos, mas en realidad empezaremos a vivir, porque está escrito: «El que cree en Mí, aunque esté muerto vivirá.» ¡Quiera el Señor que tal sea la porción de cada uno de nosotros!

IV

Y ahora, hermanos míos, con la mayor brevedad posible, quiero invitaros a mirar a Jesús en su GLORIOSA ASCENSIÓN. Ya sabéis que cuarenta días después de su resurrección, llevó sus discípulos a la montaña, y que mientras les hablaba, se separo repentinamente de ellos, elevándose en los aires, y una nube le recibió llevándole a la gloria. Procuremos seguirle con la imaginación en su magnífico vuelo hacia los cielos. ¡Qué brillo, qué esplendor le rodea!

Vedle subiendo, con majestad incomparable, a las colinas eternas; se aproxima a la Santa Ciudad, a la gran metrópoli del universo, y repentinamente, los ángeles que abren la marcha exclaman a una voz: ¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! Entonces los espíritus radiantes que están sobre las almenas de luz, claman a su vez: ¿Quién es este Rey de gloria? Y los primeros responden: ¡Jehová, el fuerte y valiente,, Jehová, el poderoso en batalla, Jehová de los ejércitos, El es el Rey de la gloria! Después, todos reunidos: los que guardan los muros y los que preceden al Vencedor, entonan el himno de triunfo; y en medio de este océano de armonía, cuyas vagas melodías llegan hasta las puertas del cielo, se destacan aún las sublimes notas: ¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! (Sal. 24:7-10). Entra; y bajo sus pies, el ejército celeste, siembra palmas sin número; y la multitud de los redimidos, saliendo a su encuentro, arrojan a sus pies, no flores de un día, como las que damos a los conquistadores de la tierra, sino flores inmortales, coronas incorruptibles de gloria. Mientras tanto, las bóvedas del cielo hacen resonar una suave melodía: Al que nos amó y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre; a El sea gloria e imperio para siempre jamás (Ap. 1:5,6). Y todos los santos y todos los ángeles responden: ¡Amén! ¡Amén! ¡Oh cristiano, hermano querido, mira estas escenas gloriosas, pues son para ti ricas en consolación, Jesús ha ganado la victoria y se ha sentado de nuevo en su trono. Actualmente ¡ay!, tu vida es una continua lucha; has de combatir, no contra carne y sangre, sino contra principados y potestades. Acaso esta misma mañana has sido atacado de cerca por el adversario y has estado a punto de caer. Ciertamente será para ti motivo de admiración el no haber vuelto la espalda el día de la batalla, pues a menudo has sentido el temor de huir, como un cobarde, delante del enemigo. Mas no temas: tu Maestro ha sido más que vencedor y también lo serás tú. Se acerca el día en el que, con esplendor menor, es cierto, pero de la misma naturaleza, entrarás tú en el lugar de la bienaventuranza. Cuando mueras, vendrán los ángeles a tu encuentro en medio de las profundas aguas del río de la muerte; y, a medida que la corriente fría de la muerte hiele la sangre en tus venas, tu corazón será calentado por otra corriente, corriente de luz y calor que emana de la fuente de todo gozo. Y cuando, al fin, te halles en la otra parte del Jordán, espíritus angélicos, vestidos de inmaculadas ropas, te darán la bienvenida; ellos te acompañarán hacia la Santa Ciudad, cantando alabanzas a Jesús y saludándote cual nuevo trofeo de su poder. Luego, las puertas del cielo se abrirán delante de ti, y Cristo, tu Maestro, viniendo a tu encuentro te dirá: Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor (Mt. 25:21). Entonces sentirás que participas de Su triunfo como participabas aquí abajo de sus luchas y sus dolores. Que tales pensamientos te reanimen ¡oh cristiano! Tu ilustre Capitán ha ganado una brillante victoria y te ha dejado una gloriosa bandera, que jamás fue empañada por la derrota, aunque con frecuencia haya sido mojada con la sangre de sus defensores.

Otro aspecto bajo el cual os exhorto, queridos hermanos, a mirar a Jesús, es en su oficio de intercesor. Vedle sentado en el cielo, a la diestra del Padre; subió a los cielos y llevó cautiva a la cautividad, y actualmente ora sin cesar por nosotros, semejante al sumo sacerdote de los tiempos antiguos, y extiende los brazos al trono de Dios. Su actitud está llena de majestad; y no es un tímido y servil suplicante; no hiere su pecho, ni tiene fija su vista en el suelo, sino que con autoridad ruega por nosotros. Sobre su cabeza brilla la deslumbrante tiara, insignia del sacerdote, y sobre su pecho brillan las piedras preciosas, donde están grabados para toda una eternidad los nombres de sus elegidos. Escuchadle mientras ora. ¿No reconocéis la súplica que, en este instante, presenta ante su Padre?… ¡Oh caridad maravillosa! ¡Es la misma que acabáis de elevar hacia El! Sí, la oración que esta mañana se elevó de vuestro corazón, la ofrece Cristo ahora ante el tron9 de la gracia. El voto que hace un momento se escapaba de vuestros labios, cuando decíais: «¡Señor, ten piedad de mi! ¡Señor se propicio!» -este voto lo repite Cristo en el cielo. El es a la vez Altar y Pontífice, y con su propio sacrificio perfuman nuestras oraciones. Sin embargo, alma suplicante, es posible que hayas clamado a Dios día tras día, sin haber obtenido respuesta. Es posible que hayas buscado al Señor y no te haya oído; o, cuando menos, que no te haya escuchado según tus deseos; en tu profunda angustia has clamado a El, pero los cielos te han semejado de bronce, pareciendo que el Altísimo rechazaba tu demanda; y por esta causa estás confundida y abatida. ¡Mira a Jesús, pobre alma, a Jesús intercediendo por ti, y serás iluminada! Si tú no has sido escuchada, lo será Él; si Dios no ha hecho caso de tus súplicas, lo hará de las Suyas; si tus oraciones son semejantes al agua derramada sobre una roca, las Suyas no correrán la misma suerte. El es el Hijo de Dios, y obtiene lo que pide. Dios no puede rehusar nada a su Hijo, porque este Hijo ha conquistado, de antemano, las gracias que solicita, al precio de su sangre. ¡Ah! recobra, pues, el ánimo, persevera en tus súplicas; mira a Cristo y serás iluminado.

V

Finalmente, para terminar, miremos a Jesús en SU SEGUNDA VENIDA.

Me dirijo principalmente a vosotros, cristianos, mis compañeros de servicio, que sentís fatiga ante el ruido y el tumulto del mundo, ante los vicios y la iniquidad del presente siglo. Habéis gastado vuestra vida luchando contra el reino del pecado; pero a veces os parece, ¡ay!, que todos vuestros esfuerzos han sido vanos. Las columnas del infierno están sólidas como nunca, el negro palacio de Satán está también firme sobre su base. Habéis dirigido contra esa formidable fortaleza todas las baterías de la oración, toda la potencia de Dios, y difícilmente podéis distinguir una brecha. El mundo continúa pecando, por sus ríos circula aún la sangre, sus llanos son manchados todavía por las danzas lascivas y sus ecos repiten aún la canción impura o el juramento profano. Dios no es honrado, el hombre siempre vil; y decís con tristeza: «Es en vano continuar combatiendo, hemos emprendido una tarea que no podrá acabarse. Los reinos de la tierra nunca serán los reinos del Señor y de su Cristo…» Hermanos míos en Jesús ¿por qué estos desfallecimientos? ¿Por qué esta falta de ánimo? Mirad a Jesús y seréis iluminados. ¡He aquí El viene, El viene, Él viene pronto!, y lo que nosotros no hemos podido hacer en seis mil años, lo hará El en un abrir y cerrar de ojos. ¡He aquí Él viene, El viene para reinar! Cierto que nunca llegaremos a construir su trono; pero cuando El aparezca, elevará por sí mismo sus dos columnas de luz, y se sentará en su gloria rodeado de sus santos para juzgar todos los pueblos en medio de Jerusalén. Quizás hoy, antes que el sol se oculte tras el horizonte, vendrá Cristo; porque el día ni la hora, nadie lo sabe, ni aun los ángeles de Dios. Sí; mientras estoy hablando, puede aparecer el Señor en las nubes. De nada nos servirá entregarnos a vanas conjeturas cuanto a la época precisa de su advenimiento; está escrito que vendrá como ladrón, de noche; mas si vendrá «a la media noche o al canto del gallo, o a la mañana» no nos es permitido saberlo. La Escritura deja completamente en la sombra este punto, y todos los cálculos de la ciencia humana, todas las interpretaciones apocalípticas, no conseguirán jamás esclarecerlo. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho en sí no es menos cierto: Cristo vendrá. ¡Ah! ¡Es mi gozosa esperanza que vendrá mientras estoy sobre la tierra! Tal vez muchos de los que en este momento están aquí, vivirán a la venida del Hijo del hombre. ¡Gloriosa perspectiva! Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados; y los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1ª Co. 15:51; 1ª Ts. 4:17). Y si tuvieses que morir antes de este día feliz, he aquí, cristiano, cuál es tu esperanza: Vendré otra vez, dice el Señor, y os tomaré a Mí mismo; para que donde Yo estoy, vosotros también estéis (Jn. 14:3). En unión con esto tienes el deber siguiente: Estad apercibidos; porque el Hijo del hombre ha de venir a la hora que no pensáis (Mt. 24:44). ¡Oh! ¿Cómo no pondré manos a la obra con nuevo ardor, estando Cristo a la puerta? ¿Cómo podré retroceder ante los trabajos más duros, sabiendo que mi Maestro viene, que su salario va con El y que la recompensa marcha a su delantera para dar a cada uno según sus obras? No; no quiero rendir las armas, no quiero entregarme a una cobarde desesperación, pues oigo ya sonar a lo lejos la trompeta final. Oigo así como el estruendo de un gran ejército que avanza: son las falanges conquistadoras, los últimos héroes del Señor. Este tiempo de glorioso despertamiento es el momento decisivo de la batalla; ruda ha sido la lucha, ardiente y furiosa la pelea; pero la trompeta del Vencedor comienza a vibrar en los aires; ya el ángel la lleva a su boca para hacer oír sus estridentes sones al universo. Ya se han oído al otro lado del Atlántico (alusión a un despertamiento habido en América), y van a repercutir entre nosotros; y si nosotros no los oímos, los oirán nuestros sucesores; es nuestra confianza firme. Si, El viene, y todo ojo lo verá, y los que lo crucificaron lamentarán sobre El; mas el justo se regocijará y ensalzará Su nombre. A El miraron, y fueron iluminados.

Recuerdo que, hace algún tiempo, terminé una serie de predicaciones sobre estas tres palabras: «Jesús, Jesús, Jesús», y creo lo mejor acabar este discurso de la misma manera. Pero antes, he de dirigir algunas palabras a una pobre alma abatida que se halla en este auditorio, y se pregunta ansiosamente si hay para ella gracia cerca de Dios. «¡Ah, predicador del Evangelio! -pensará ella-, es hermoso decirnos: Mirad a Jesús, mirad a Jesús; pero resta aún poderlo mirar. ¿Qué hacer estando ciego?» ¿Qué hacer, querido oyente? Óyelo: Vuelve tus órbitas vacías hacia la cruz, pues la misma claridad que ilumina a los que ven da la vista a los ciegos. Si no puedes creer aún, mira al menos, considera, pesa maduramente las cosas, y, mirando y reflexionando, serás hecho capaz de creer.

Jesús no exige nada de ti; te invita simplemente a creer que murió por salvarte. Si te sientes hoy un pecador culpable, y perdido, sólo pide de ti que quieras creer en El, reposar en El, confiar en El. ¿No es bien poco lo que te pide? Ve, pues, pobre alma, arrójate en los brazos de Jesús; acógete a sus promesas, abandónate enteramente en sus manos misericordiosas, y no podrás comprender el gozo que inundará tu corazón desde el instante en que creerás en El.

¡Oh, pecadores angustiados: Dios ha querido que os trajese hoy un mensaje de paz! Escuchad la voz de Jesús que os llama en este mismo instante. ¡MIRAD A MI y sed salvos todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios y no hay más! ¡Mirad, mirad, y mirando viviréis!

Que todas las bendiciones del Señor posen sobre cada uno de vosotros, queridos oyentes, y podáis contemplar, desde ahora, sin cesar, por la fe, al Ser adorable que amamos y que deseamos haceros amar, a saber: Jesús, Jesús, Jesús.

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