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LA SOBERANÍA DIVINA

No hay otra cosa por la que los hijos de Dios deban contender más firmemente que por el dominio de su Señor sobre toda la creación, trono suyo -la realeza de Dios sobre las obras de sus mano-, y el derecho a sentarse en ese trono. Por otra parte, tampoco hay doctrina más odiada por los mundanos, ni verdad convertida en semejante pelota de fútbol, como la de la grande, maravillosa y ciertísima soberanía del infinito Jehová. Los hombres permitirán a Dios estar en cualquier sitio menos en su trono. Consentirán en hallarlo en el taller formando los mundos y haciendo las estrellas. Accederán a que esté en su casa de caridad repartiendo limosnas y otorgando mercedes. Le tolerarán mantener firme la tierra y sostener Sus pilares, o iluminar las lámparas del cielo, o gobernar al inquieto océano; pero cuando Dios sube a su trono, sus criaturas rechinan los dientes. Y cuando proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer según le plazca con lo suyo, a disponer de sus criaturas como le parezca sin consultar con ellas, entonces somos silbados y despreciados, y los hombres cierran sus oídos a nuestras palabras, porque un Dios en su trono no es el Dios que ellos aman. Les agradaría contemplarle en cualquier sitio menos en su solio con su cetro en su mano y la corona en sus sienes. Pero es un Dios entronizado el que a nosotros nos gusta predicar, en quien confiamos, de quien hemos cantado y de quien hablaremos en esta plática. Sin embargo, haré hincapié solamente sobre una parte de la soberanía de Dios, y es la que toca a la distribución de sus dádivas. En este aspecto creo que, no solamente tiene derecho a hacer lo que quiera con lo suyo, sino que, en realidad, lo hace.

Antes de comenzar nuestro sermón, debemos reconocer como cierto que todas las bendiciones son regalos de Dios, a los que no tenemos derecho por nuestros propios méritos; y creo que toda persona que piense un poco debe reconocerlo así. Una vez admitido esto, nos ocuparemos en demostrar que si hace lo que quiere con lo suyo es porque tiene derecho a quedárselo todo si le place, a repartirlo si así lo prefiere, a dar a unos y a otros no, o bien a no dar a nadie o dar a todos, según parezca bien a sus ojos. «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?»

Dividiremos los dones de Dios en cinco clases: Temporales, salvadores, honoríficos, útiles y consoladores. De todos ellos debemos decir: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?»

1. Empezaremos, pues, con LOS DONES TEMPORALES. Es un hecho indiscutible que Dios, en las cosas temporales, no ha repartido a todos por igual; no todas sus criaturas han recibido la misma cantidad de ventura y posición en este mundo. Existe una desigualdad. Notadla sobre todo en los hombres, porque de ellos nos ocuparemos principalmente. Unos nacen como Saúl, que «del hombro arriba sobresalía a cualquiera del pueblo»; otros serán toda su vida como un Zaqueo, hombre de corta estatura. Unos tienen un cuerpo musculoso y son físicamente atractivos; otros son débiles y distan de tener una figura hermosa. Cuantos encontramos cuyos ojos nunca han gozado de la luz del sol; cuyos oídos jamás han escuchado el encanto de la música y cuyos labios en la vida han pronunciado palabras inteligibles o armoniosas. Id por el mundo y hallaréis hombres superiores a vosotros en vigor, salud y figura; y otros inferiores en todas estas mismas cosas. Algunos de los que están aquí son preferidos por su aspecto exterior al resto de sus semejantes, mientras que otros son dejados a un lado y no tienen nada de que puedan gloriarse en la carne. ¿Por qué ha dado Dios belleza a un hombre y a otro no? ¿A uno todos sus sentidos y a otro sólo parte de ellos? ¿Por qué ha despertado en unos el sentido del entendimiento, mientras que otros se ven obligados a tener una mente obtusa y terca? Digan lo que digan los hombres, no puede haber otra respuesta que esta: «Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos». Los antiguos fariseos preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó este o sus padres, para que naciese ciego?» Sabemos que no fueron los pecados de los padres ni los del hijo la causa de que éste naciera ciego, como tampoco es por eso por lo que otros han sufrido desgracias parecidas; sino porque Dios ha actuado según le ha placido en el reparto de sus beneficios terrenales, diciendo de este modo al mundo: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?»

Notad, también, la desigualdad que existe en la distribución de los dones intelectuales. No todos los hombres son como Sócrates; hay pocos como Platón; los hombres como Bacon aparecen muy de tarde en tarde; no se da muy frecuentemente la ocasión de poder hablar con algún Isaac Newton. Algunos tienen maravillosa inteligencia con la que pueden desentrañar grandes misterios, sondear las profundidades de los océanos, medir la altura de las montañas, analizar los rayos del sol y pesar los astros. Otros no tienen sino pocos alcances. Podéis educarlos y educarlos, que nunca lograréis hacer de ellos grandes hombres. Es imposible mejorar lo que no tienen. Carecen de genio y vosotros no podéis impartírselo. Cualquiera puede ver que hay una diferencia inherente en el hombre desde su mismo nacimiento. Algunos, con poca instrucción, aventajan a aquellos que han sido concienzudamente preparados. Tomad dos muchachos, educadlos en el mismo colegio, por el mismo maestro; los dos se aplicarán en sus estudios con la misma diligencia, pero uno de ellos dejará rezagado a su compañero. ¿Por qué es esto? Porque Dios hace sentir su soberanía tanto sobre la inteligencia como sobre el cuerpo. Él no nos ha hecho a todos iguales; sino que ha dado variedad a sus dones. Un hombre es elocuente como Whitefleld, y otro tartamudea aunque sólo tenga que hablar tres palabras en su propia lengua. ¿Qué es lo que establece estas marcadas diferencias entre hombre y hombre? Tenemos que responder que debemos atribuirlo todo a la soberanía de Dios, quien hace lo que quiere con lo suyo.

Reparad de nuevo en las diferentes condiciones de los hombres en el mundo. De vez en cuando han surgido preclaras inteligencias entre hombres cuyos miembros han arrastrado las cadenas de la esclavitud y cuyas espaldas han sido ofrecidas al látigo; hombres de piel negra, pero de entendimiento inmensamente superior al de sus brutales amos. También en Inglaterra es frecuente encontrar a sabios que viven en la pobreza, y ricos no pocas veces ignorantes y vanos. Unos vienen a este mundo para ser ataviados con la púrpura imperial, otros no llevaran más que sus humildes ropas de campesino. Unos tienen un palacio para morar y colchón de plumas para descansar, mientras otros no tienen sino un duro catre y nunca les cobijará más suntuoso techo que el de paja de su cabaña. Si de nuevo preguntásemos la razón de todo esto, la respuesta seguiría siendo la misma: «Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos». A vuestro paso por la vida podréis observar de otras muchas maneras la manifestación de la soberanía de Dios. Da a algunos hombres una salud recia durante toda su vida, de forma que apenas saben lo que es una indisposición; mientras que otros se arrastran vacilantes por el mundo esperando encontrar la tumba abierta a cada paso, viviendo miles de miles de muertes al temer constantemente a una. Hay personas, como Moisés, que aun en los últimos días de una vida extraordinariamente larga tienen una vista aguda y que, aunque tengan el cabello blanco, se mantienen firmes sobre sus pies, como cuando eran jóvenes. Nuevamente preguntamos: ¿cuál es la causa de esta diferencia? Y otra vez aparece la única respuesta adecuada: La soberanía de Jehová. Encontraréis también que, mientras a unos se les quita la vida prematuramente -en la flor de su vida-, a otros les es dado llegar más allá de setenta; unos parten antes de haber cubierto la primera etapa de su existencia, mientras otros prolongan sus días hasta convertirse totalmente en un estorbo. Estimo que necesariamente debemos atribuir la causa de todas estas diferencias de la vida a la soberanía de Dios. El es Rey y Soberano y, ¿no hará lo que quiera con lo suyo?

Vamos a dejar este extremo de la cuestión; pero antes de hacerlo, debemos recapacitar un poco más sobre él. ¡Oh!, tú que has sido dotado de una noble figura, de un cuerpo hermoso: no te enorgullezcas de ello, porque tus dones proceden de Dios. No te gloríes, porque si lo haces, desaparecerá en un momento toda tu apostura. Las flores no presumen de su belleza ni los pájaros cantan su plumaje. Hijas, no os envanezcáis con vuestra hermosura; hijos, no seáis engreídos de vuestra gallardía. Y vosotros, ¡oh! hombres, poderosos e inteligentes, recordad que todo cuanto tenéis os ha sido concedido por un Soberano Señor: El creó, El puede destruir. No hay mucha diferencia entre la más preclara inteligencia y el idiota más desvalido: las mentes penetrantes rayan en la locura. Vuestros cerebros pueden ser trastornados en cualquier momento, y en adelante estar condenados a vivir en la demencia. No os jactéis de vuestro saber, porque aun el más pequeño conocimiento que poseéis os ha sido dado. Por lo tanto, yo os digo, no os enaltezcáis sobremanera, sino emplead para Su gloria los dones que Dios os ha dado, porque son dádivas reales que no podéis rechazar. Si el Soberano Señor os ha dado un talento, y no más, no lo guardéis en vuestra faltriquera, sino haced buen uso de él y quizá os será aumentado. Bendecid a Dios porque tenéis más que algunos, y dadle gracias, también, porque os ha dado menos que a otros, porque así no es tanto lo que tenéis que llevar sobre vuestros hombros; ya que cuanto más ligera sea vuestra carga, menos gemiréis en vuestro caminar hacia la tierra mejor. Bendecid a Dios, pues, si poseéis menos que vuestros semejantes, y ved su bondad tanto en el dar como en el retener.

II. En todo cuanto hemos dicho hasta aquí, probablemente la mayoría esta de acuerdo con nosotros; pero cuando entramos en el segundo punto, LAS DÁDIVAS SALVADORAS, gran número de personas discrepan, porque no pueden aceptar nuestra doctrina. Cuando aplicamos esta verdad con relación a la soberanía de Dios en la salvación del hombre, vemos como hay quien se levanta para defender a sus semejantes, a quienes consideran perjudicados por la predestinación divina. Pero nunca oí de alguno que se alzara para abogar por Satanás; y yo creo que si algunas criaturas de Dios tuvieran derecho a quejarse de Su comportamiento, éstas serían los ángeles caídos. Por su pecado fueron arrojados del cielo fulminantemente, y no leemos que nunca les fuera enviado un mensaje de misericordia. Una vez echados fuera, su condenación fue sellada; mientras que a los hombres se les dio una tregua, fue enviada redención a su mundo, y un gran número de ellos fueron escogidos para vida eterna. ¿Por qué no contender con la soberanía tanto en un caso como en otro? Afirmamos que Dios ha elegido un pueblo de entre los hombres, y se le niega el derecho a obrar así. Y yo pregunto: ¿por qué no se discute igualmente el hecho de que haya escogido a los hombres y no a los ángeles caídos, o su justicia por esa forma de proceder? Si la salvación fuese asunto de derecho, los ángeles tendrían en verdad tanto como los hombres. ¿No estaban situados en una dignidad superior?, ¿o es que pecaron más? Creemos que no. El pecado de Adán fue tan intencionado y pleno que no podemos imaginar uno mayor. Si los ángeles expulsados del cielo hubiesen sido restaurados, ¿no habrían prestado mayor servicio a su Hacedor que el que nosotros podamos prestarle jamás? Si se nos hubiera permitido juzgar en esta cuestión hubiéramos liberado a los ángeles y no a los hombres. Así pues, admirad el amor y la soberanía divinos, ya que mientras aquellos fueron hechos pedazos, Dios levantó un número de elegidos de entre la raza humana para hacerles estar entre príncipes por los méritos de Jesucristo nuestro Señor.

Notad de nuevo la soberanía divina en el hecho de que Dios escogió al pueblo israelita y dejó a los gentiles en la oscuridad durante años. ¿Por qué fue Israel enseñado y salvado mientras Siria se perdía en la idolatría? ¿Era una raza más pura en su origen y mejor en su condición que la otra? ¿No tuvieron los israelitas dioses falsos centenares de veces, que provocaron la ira y el aborrecimiento del Dios verdadero? ¿Por qué fueron favorecidos más que todos sus semejantes? ¿Por qué el sol brilló sobre ellos, mientras a su alrededor las naciones eran dejadas en la oscuridad, y miríadas eran sepultados en el infierno? ¿Por qué? La única respuesta que puede darse es esta: Que Dios es soberano y «del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece».

Y también, ¿cómo es que Dios nos ha dado su Palabra a nosotros, mientras multitud de personas están todavía sin ella?

-¿Por qué nos podemos acercar al tabernáculo de Dios cada uno de nosotros, domingo tras domingo, teniendo el privilegio de escuchar la voz de un ministro de Jesús, mientras otras naciones no han sido bendecidas del mismo modo? ¿No podía Dios haber hecho que la luz resplandeciera también en sitios de tinieblas? ¿No podía Él, si le hubiese placido, haber enviado mensajeros raudos como la luz para que proclamasen su Evangelio por toda la tierra? Podía haberlo hecho si hubiera querido. Pero, puesto que sabemos que no ha sido así, nos inclinamos con humildad, confesando su derecho de hacer lo que quiera con lo suyo.

Mas permitidme que traiga, una vez más, la doctrina a nuestros ámbitos. Observad cómo manifiesta Dios su soberanía en el hecho de que de la misma congregación donde todos han oído al mismo predicador y escuchado idéntica verdad, es tomado el uno y dejado el otro. ¿Por qué será que en una de mis oyentes, sentada en los últimos bancos de la capilla junto a su hermana, el efecto de la predicación es diferente que en la otra que está a su lado? Ambas han sido criadas sobre las mismas rodillas, mecidas en la misma cuna y educadas con igual esmero; las dos han oído al mismo predicador y con idéntica atención; ¿por qué una será salvada y la otra dejada? Lejos esté de nosotros el buscar excusas en favor del hombre que se condena, cuando no hay ninguna. Igualmente, lejos esté de nosotros el restarle gloria a Dios, pues sabemos que es Él quien hace la diferencia; por eso la hermana que se ha salvado no debe agradecérselo a sí misma, sino a su Señor. Habrá también dos hombres dados al vicio de la bebida. Unas palabras de la predicación traspasarán a uno de ellos de parte a parte, pero el otro permanecerá impasible, aunque serán bajo todos los aspectos idénticamente iguales, tanto en temperamento como en educación. ¿Cuál es la razón? Tal vez digáis: porque uno ha aceptado el mensaje del Evangelio y el otro lo ha rechazado. Pero debemos responder con la misma pregunta: ¿quién hace que uno acepte y el otro rechace? Me figuro que diréis que el hombre mismo hizo la distinción; pero debéis admitir en vuestra conciencia que es a Dios solo a quien pertenece este poder; a pesar de ello, aquellos a los que no les agrada esta doctrina, están siempre en pugna contra nosotros y dicen: ¿Cómo puede Dios hacer tal acepción entre los miembros de su familia? Imaginaos un padre que tuviese determinado número de hijos, y que a uno diera todos sus beneficios, relegando a los otros a la miseria: ¿diríamos que era un padre duro y cruel? Admito que sí, pero no es el mismo caso, porque no es con un padre con quien tenéis que tratar, sino con un juez. Decís que todos los hombres son hijos de Dios, y yo os sitúo a probarlo con la Biblia. Nunca he leído en ella nada parecido, y jamás me atrevería a decir: «Padre nuestro que estás en el cielo», hasta que fuese regenerado; no puedo gozarme de su paternidad hasta saber que soy uno con Él y coheredero con Cristo; no osaría llamarle Padre mientras fuera una criatura sin regenerar. No existe aquí la misma relación que entre padre e hijo -porque el hijo siempre tiene algún derecho sobre su padre- sino entre rey y súbdito; y aun ni siquiera ésta, porque el súbdito tiene a veces algo, por pequeño que sea, que reivindicar de su rey. Pero una criatura, una criatura pecadora, jamás puede tener derechos sobre Dios; porque si así fuera, la salvación sería por obras y no por gracia. Si el hombre pudiera merecerla, el salvarlo sería entonces el pago de una deuda, y no se le daría más que lo que se le debía. Sostenemos que la gracia, para que sea tal, ha de hacer diferencias. Alguno dirá: Pero, ¿no está escrito que «a cada uno le es dada medida de gracia para provecho» Bien, si os gusta podéis repetir esa maravillosa cita hasta la saciedad, que seréis bien recibidos. Pero tened en cuenta que esta no es una cita de las Escrituras, a menos que se halle en una edición arminiana. El único pasaje parecido a este se refiere a los dones espirituales de los santos, y sólo de los santos. Ya que, admitiendo vuestra suposición, si a cada uno le es dada medida de gracia para provecho, es evidente que hay otros que la reciben con carácter especial para que, precisamente, les sea provechosa. ¿Qué entendéis por gracia que puede usarse para provecho? Me es fácil comprender los adelantos humanos para perfeccionar la utilización de la grasa, pero lo que no entiendo es una gracia que sea perfeccionada para ser usada por los hombres.

La gracia no es una cosa que yo pueda usar, sino algo que me usa a mí; sin embargo la gente habla de ella como pudiéndola manejar, y no como una influencia que tiene poder sobre ellos. No es algo que yo pueda perfeccionar, sino que me perfecciona a mi, que me emplea y obra sobre mí. Que los hombres hablen cuanto quieran sobre la gracia universal; absurdo por completo porque no existe tal cosa ni puede existir. De lo que pueden hablar con propiedad es de bendiciones universales, porque vemos que los dones naturales de Dios han sido esparcidos por doquier, en mayor o menor profusión, y los hombres pueden aceptarlos o rechazarlos. Pero que no digan lo mismo de la gracia, porque nadie puede cogerla para, por sí mismo, y volverse de las tinieblas a la luz. La luz no viene a la oscuridad y le dice: úsame, sino que la toma y la echa fuera. La vida no acude al cadáver y le dice: válete de mi y torna a vivir, sino que con su propio poder lo resucite. Lo espiritual no se acerca a los huesos resecos para decirle: usadme y revestios de carne, sino que él los cubre, y acaba la obra. La gracia es, pues, algo que se nos da y que ejerce su influjo sobre nosotros.

Solamente el deseo soberano

De Dios, nos hace herederos de gracia;

Nacidos a la imagen de su hijo,

Restaurados de la caída raza..

Y nosotros decimos a todos aquellos que rechinan sus dientes al oír esta verdad, que, tanto si lo saben como si no, sus corazones están llenos de enemistad contra Dios; porque mientras no lleguen al conocimiento de esta doctrina, hay algo que aun no han descubierto, y que les hace oponerse a la idea de un Dios absoluto, libre, sin cadenas, inmutable y teniendo libre albedrío, cosa que son tan dados a demostrar que las criaturas poseen. Estoy persuadido de que debemos mantener la doctrina de la soberanía de Dios, si tenemos una mente sana. «De Jehová es la salud.» Dad, pues, toda la gloria a su santo nombre, pues a Él le pertenece toda.

III. En tercer lugar, vamos a considerar las distinciones que Dios hace en su Iglesia al repartir los DONES HONORIFICOS. Hay diferencia entre los propios hijos de Dios; cuando éstos son tales. Fijaos en lo que quiero decir: Unos tienen, por ejemplo, el don honorífico del conocimiento en mayor grado que otros. Tropiezo de vez en cuando con un hermano con el que podría hablar durante meses, y aprender algo de él cada día. Posee una profunda experiencia -ha buscado en «lo profundo de Dios»-, toda su vida ha sido un continuo estudio, dondequiera que ha estado. Parece haber sacado sus pensamientos, no de 1os libros meramente, sino de la vida de los hombres, de Dios, de su propio corazón; y conoce todas las vueltas y recodos de la experiencia cristiana: ha comprendido la anchura, lo largo, profundidad y altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Ha conseguido una clara idea e íntimo conocimiento del sistema de la gracia, y puede vindicar la conducta del Señor para con su pueblo.

Os encontraréis con otro que ha pasado por multitud de tribulaciones, pero que no tiene un conocimiento profundo de la experiencia cristiana; no aprendió ni un solo secreto en todas sus calamidades. Surgía del barro de una charca para caer inmediatamente en otra, pero nunca se detuvo a recoger alguna de las joyas depositadas en el cieno, ni trató jamás de descubrir las perlas escondidas en sus aflicciones. Conoce muy poco de la altura y la profundidad del amor del Salvador. Podéis charlar con ese hombre tanto como queráis, que no sacaréis de él nada de provecho. Si me preguntáis por qué es esto, os responderé que hay una soberanía de Dios que da el conocimiento a unos y a otros no. Paseando el otro día con un cristiano de edad avanzada, me hablaba de cuánto provecho había sacado de mi ministerio. Nada hay que me haga humillar más que el pensamiento de que un creyente anciano reciba instrucción en los caminos del Señor de un neófito en la gracia. Pero yo espero, cuando llegue a viejo, si es que llego, ser también instruido por algún recién nacido en la fe; porque Dios cierra muchas veces la boca de los mayores y abre la de los niños. ¿Por qué somos maestros de centenares de personas que, en otros aspectos, están mucho más capacitadas para instruirnos a nosotros? La única respuesta que hemos encontrar reside en la soberanía de Dios, y debemos inclinarnos ante ella; porque, ¿no le es lícito a Él hacer lo que quiera con lo suyo? En vez de tener envidia de aquellos que tienen el don del conocimiento, procuremos tenerlo nosotros también, si nos es posible. En lugar de murmurar, protestando por no tener más entendimiento, deberíamos recordar que ni el pie puede decirle a la cabeza, ni la cabeza al pie, no te necesito; porque Dios nos ha dado los talentos como a Él le ha placido.

No penséis, cuando hablamos de dones honoríficos, que éstos se reducen solamente al del conocimiento; también el del servicio es un don honorífico. No hay nada más honroso para un hombre que el cargo de diácono o ministro de la Palabra. Engrandecemos nuestro oficio, pero no a nosotros mismos; porque estamos plenamente convencidos de que el desempeñar cualquier cometido en la iglesia es uno de los más grandes honores. Preferiría ser diácono antes que alcalde de Londres. No hay honor más grande para mí que el de ser ministro de Cristo. Mi púlpito me es más apetecible que el más alto trono, y mi congregación es un gran imperio, ante el cual los más grandes reinos de la tierra quedan reducidos a algo sin importancia eterna. ¿Por qué Dios, por medio del Espíritu Santo, llama con especial vocación a unos para que sean pastores, y no a otros? Incluso hay personas mejor dotadas, pero no nos atreveríamos a darles el púlpito, porque no han sido llamadas con esa vocación. Igual ocurre con el diaconado; hombres a los que consideramos los más capacitados son excluidos, mientras otros son escogidos. Es la soberanía de Dios, que también se hace patente en el nombramiento dé los que han de ser utilizados en cualquier cometido -al poner a David sobre el trono, al escoger a Moisés como caudillo de los hijos de Israel por el desierto, y a Daniel para desenvolverse en las esferas palaciegas; al elegir a Pablo como ministro de los gentiles, y a Pedro como apóstol de la circuncisión-. Y los que no habéis recibido ningún don honorífico, meditad humildemente en la verdad y razón de la pregunta del Señor: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?»

Otro de los dones honoríficos de Dios es el de la expresión. La elocuencia ejerce mayor poder sobre los hombres que todos los demás dones juntos, y si alguno quiere influir sobre las multitudes, deberá tocar sus corazones y encadenar sus oídos. Hay quienes son como vasos llenos de conocimiento hasta los mismos bordes, pero sin recursos para darlos a conocer a los demás; poseen todas las perlas del saber, pero no saben cómo engarzarlas en el dorado anillo de la elocuencia; pueden cortar las más delicadas flores, pero no son capaces de trenzarlas en dulce guirnalda para ofrecerla a los ojos de su amada. ¿Cómo puede ocurrir esto? He aquí la misma e invariable respuesta: la soberanía de Dios también se manifiesta en el reparto de los dones honoríficos. Aprended, hermanos, si tenéis algún don, a poner todo su honor a lo pies del Salvador, y a no murmurar, si no los tenéis; porque, recordad que Dios es igualmente bondadoso tanto cuando retiene como cuando distribuye sus dádivas. Si hay entre vosotros alguno que está en*****brado, que no se envanezca, ni desprecie al humilde, porque Dios da a cada vaso su medida de gracia. Servidle según vuestra medida, y adorad al Rey del cielo que hace según le place.

IV. Consideraremos en cuarto lugar los dones de utilidad. Muchas veces he hecho mal censurando a otros hermanos pastores por no tener más fruto, y he dicho que podían haber sido tan efectivos como yo si hubiesen mostrado mayor celo y diligencia; pero he llegado a comprender que hay otros cuya efectividad no guarda relación, ni mucho menos, con su gran celo y constancia. Por lo tanto, me retracto de mis censuras para afirmar que el don de la utilidad es otra manifestación de la soberanía de Dios. No reside en el hombre tal facultad, sino en Dios. Podemos desplegar tanta actividad como queramos, pero sólo en Él está la virtud de hacernos útiles. Izaremos todas nuestras velas cuando el viento sople, pero no nos es dado el poder levantar ni la más ligera brisa.

Vemos también la soberanía Divina en la diversidad de los dones ministeriales. Hay ministros cuya predicación es como mesa servida con ricos y abundantes manjares, mentiras que otros no tienen suficiente para dar de comer a un ratón; siempre que hablan es para censurar y no para alimentar a los hijos de Dios. Hay otros que pueden ofrecer gran consuelo, pero son incapaces de reprender a los que caen; no tienen la suficiente fuerza de espíritu para dar unos cuantos azotes cariñosos que tantas veces son necesarios. Y, ¿cuál es la razón? La soberanía de Dios. Hay algunos, también, que son la antítesis de lo anterior: manejan magníficamente el martillo, pero no saben curar un corazón quebrantado, y si intentaran hacerlo, su efecto sería tan deplorable que os imaginaríais a un elefante tratando de ensartar una aguja. Son buenos para reprender, pero inútiles para aplicar aceite y vino a una conciencia abrasada. ¿Por qué? Porque Dios no les ha dado ese don. Asimismo los hay que sólo predican teología experimental, y muy pocas veces sobre temas doctrinales. Otros son todo doctrina y hablan poco de Cristo crucificado. ¿Por qué, de nuevo? Dios no les ha dado el don de doctrina. Otros -como los de la escuela Hawker- sólo predican a Jesús -¡bendito Jesús!-, y hay quienes se quejan porque no hablan de los problemas de la vida cristiana, porque no entran en detalles sobre la corrupción que experimentan y aflige a los hijos de Dios. Pero no les censuréis por eso. Habréis reparado como de la misma persona unas veces brotan chorros de agua de vida, y otras no podría estar más seco. Por esto, un domingo os marcháis llenos y gozosos, y al siguiente vacíos e indiferentes. Debemos aprender a reconocer y a admirar la mano poderosa de la soberanía de Dios obrando en todo ello. Predicando a una gran muchedumbre, la semana pasada, ocurrió que, en cierto momento de la predicación, la emoción nos embargó a todos y sentí como el poder de Dios estaba con nosotros. Una pobre criatura, movida por el horror de la ira de Dios contra el pecado, clamaba a voz en grito sin poderse reprimir. Aquellas mismas palabras podrán ser pronunciadas de nuevo, con el mismo deseo en el corazón del predicador, y no producir ningún efecto. En las dos ocasiones, pues, debemos atribuirlo a la soberanía divina. La mano de Dios está en todo. ¿Os habéis percatado de que la generación actual es la más impía que haya pisado la tierra? Yo al menos así lo creo. Cuando en tiempos de nuestros padres caía un fuerte aguacero, decían que era Dios quien lo mandaba; oraban pidiendo la lluvia, o el sol, o la bondad de la cosecha; oraban por los pajares cuando se incendiaban, y oraban cuando el hambre azotaba la tierra; nuestros antepasados decían: El Señor lo ha querido. Pero ahora, nuestros filósofos tratan de explicarlo todo, atribuyendo cuantos fenómenos ocurren a causas secundarias. Mas nosotros, hermanos, pensamos que el origen y dirección de todas las cosas pertenecen al Señor y sólo al Señor.

V. Finalmente consideraremos que los DONES CONSOLADORES son de Dios. Cuán reconfortantes son las dádivas que hacen que nos gocemos con las ordenanzas del culto y con un ministerio provechoso. Pero, ¿cuántas iglesias hay que no lo tienen, y por qué nosotros sí? Porque Dios ha hecho la diferencia. Algunos tenéis una fe firme y podéis sonreír ante la adversidad; podéis cantar en todo tiempo, tanto en la tempestad como en la calma. Sin embargo, hay otros con una fe tan flaca que están en peligro de derrumbarse al menor soplo del viento. Unos nacen con un carácter melancólico y, aun en la calma, ven señales de borrasca; otros son de temperamento más alegre y, aunque las nubes sean negras, en cada una de ellas ven una cinta de plata, y son felices. Pero, ¿por qué es esto? Porque los dones consoladores vienen de Dios. Podéis observar que nosotros mismos somos diferentes en determinados momentos de nuestra vida. ¿Por qué ha habido épocas en que hemos podido tener un bendito contacto con el cielo, y nos ha sido permitido el mirar más allá del velo? Y otras veces, sin embargo, ese delicioso placer desaparece repentinamente. ¿Murmuramos por ello? ¿No le es lícito a Él hacer lo que quiere con lo suyo? ¿No puede quitar lo que antes había dado? El consuelo que nosotros tenemos era suyo antes que nuestro.

«Y aunque te lo llevaras

Yo jamás me quejaría;

Que antes que me lo dieras.

Sólo Tú lo poseías.»

No hay gozo del Espíritu, ni bendita esperanza, ni fe fuerte, ni deseo ardiente, ni comunión íntima con Cristo que no sea una dádiva de Dios y que no provenga de Él. Cuando esté en tinieblas y sufra contrariedades, alzaré mis ojos y diré: Él da canciones en la noche; y cuando tenga que gozarme, diré: Mi monte permanecerá para siempre. El Señor es el soberano Jehová, y por tanto, postrado a sus pies estoy, y si perezco pereceré allí.

Pero permitid que os diga, queridos hermanos, que esta doctrina de la soberanía divina, lejos de hacer que os sentéis perezosamente, espero que, con la ayuda de Dios, os humille y os lleve a exclamar: «Indigno soy de la más pequeña de todas tus mercedes, y reconozco que tienes derecho a hacer conmigo lo que quieras. Si me aplastas como a un vil gusano, no serás afrentado; no tengo derecho a pedirte que tengas compasión de mí; sólo te ruego que me mires según tu misericordia. Señor, si quieres puedes perdonarme, y jamás diste tu gracia a alguien que la deseara más ardientemente. Lléname del pan del cielo, porque estoy vacío; vísteme de tus ropajes, porque estoy desnudo; dame vida, porque estoy muerto». Si elevas esta plegaria con toda tu alma y con toda tu mente, aunque Jehová es soberano, extenderá su cetro y salvará, y vivirás para adorarle en la hermosura de la santidad, amando y bendiciendo su bondadosa soberanía. «El que creyere», es la declaración de la Escritura, y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado.» El que creyere en Cristo únicamente y fuere bautizado con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, será salvo; pero el que rechaza a Cristo y no cree en El, será condenado. Éste es el decreto soberano y la proclamación celestial; inclínate a él, reconócelo, obedécele, y Dios te bendiga.

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