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JESUCRISTO COMO EL AGUA DE VIDA

Para el pueblo de Israel era un recordatorio del tiempo que pasaron en el desierto, cuando vivieron en sus tienda entraron en la tierra prometida. La tradición nos dice que cada familia improvisaba durante los días de la fiesta diferentes tipos de tiendas, colocadas en lugares visibles a todos. Allí todos comían y se alegraban durante toda la fiesta. El último día se consideraba como el más grande. El pueblo se movía de las tiendas donde habían estado por siete días y luego iban al templo para la gran celebración. Note que Jesús aprovechó ese día para declarar una de las más solemnes verdades que lo confirman como el Hijo de Dios v. 38. La ocasión vino porque de acuerdo a la tradición, el gran sumo sacerdote tomaba una copa de oro y seguido de la multitud descendía hasta el estanque de Siloe. Allí sacaba el agua que luego llevaba hasta al atrio del templo. Un gran coro con trompetas y címbalos les recibía cantando Isaías 12:3. Ese ritual también les recordaba el agua que había salido de la roca cuando ellos se morían de sed en el desierto (Nm. 20:8-11) De igual manera, con este acto recordaban la venida del futuro Mesías. El sacerdote tomaba la copa de oro y hacía una libación en el altar de los sacrificios. Tal costumbre la aprovechó Jesús para mostrarse como el «Agua de Vida» que calmaría la verdadera sed del individuo. Jesús como el «agua viva» nos recuerda lo siguiente.

I. HAY UNA SED NO SATISFECHA v.37b
Cuando Jesús dijo, «si alguno tiene sed..» estaba poniendo de manifiesto la otra gran necesidad del hombre. En el capítulo anterior se había revelado como el Pan Vivo que vino del cielo; ahora se revela como el Agua Viva. Estas son las dos más grandes necesidades de la vida. Es obvio que aquí la sed no es sólo una referencia a una necesidad de orden física. Jesús está pensando en una sed que nadie más puede llenar. En una sed que se hace cada vez más notoria mientras los hombres buscan satisfacerla con las «aguas» de esta vida. Es como si un naufrago perdido en alta mar tratara de mitigar su angustiada sed con el agua del mismo mar. El agua salada produce un malestar desagradable y nunca satisfará la sed. Y es que hay una sed no satisfecha en el corazón de cada hombre. Son tantos los que viven con una sed de significado. Nadie les ama, nadie les entiende, nadie les reconoce y en los tales hay una profunda frustración e insatisfacción interna. Es tal el estado de infelicidad que muchos se preguntan, ¿para qué vivo? ¿para qué vine a este mundo de dolor y de miseria? Hay otros que viven con una sed de justicia. Han recibido tantas decepciones, han sido tan mal tratados, han tenido que sufrir por las incomprensiones o las actitudes de otros que se alberga en sus corazones una sed porque alguien satisfaga su vacío. Otros tienen una gran sed afectiva. La falta de unos padres comprensivos y amorosos a lo mejor los ha hecho seres aislados, iracundos, solitarios y desnutridos del más elementar gesto de amor en sus vidas. Algunos arrastran experiencias traumáticas de algún pasado sentimental dejando su corazón sediento de significado. En el mundo hay una sed por vivir en paz. Hay una sed por que se les escuche. Hay una sed por ser útil y de valor. Hay una sed espiritual que busca ser saciada corriendo de un lado para otro. La búsqueda por llenar el vacío del alma revela que hay una sed no satisfecha. Jesús sabía cuán profunda y tormentosa era esa sed. Él podía ver a los hombres como «viajeros del desierto» bajo la inclemencia de un sol avasallante, con sus reservas agotadas, y sus labios y gargantas secas anhelando un poco de agua para no morir de esta manera. El mundo es ese desierto donde muchos viajeros se mueven con sus pies pesados, angustiados, desesperados y moribundos porque su sed no ha sido calmada. Hay una sed no satisfecha en muchas vidas. Sólo el «agua viva» que Jesús ofrece puede satisfacer su alma.

II. HAY UNA FUENTE QUE SATISFACE v. 37 b
En la invitación de Jesús «venga a mí y beba», encontramos las tres condiciones para satisfacer la sed del alma y del espíritu. Lo primero que hay que hacer es venir. Sin esta iniciativa humana no puede haber una intervención divina. La Biblia nos muestra a un Dios que siempre está invitando. Nunca ha forzado al hombre a que le siga. Esto es un asunto voluntario. Desde la creación vemos a Dios que invita al hombre a seguirle de una manera voluntaria. Cuando Jesús vino no manipuló a los hombres para que le siguieran ni usó su poder para convertir adeptos. A los que estaban «trabajados y cargados» les dijo, «venid». A los que no le habían conocido les dijo: «Si alguno quiere venir…». A los discípulos les dijo: «Venid y os haré pescadores de hombre..». De manera que lo primero que hay que hacer en la vida es venir. Esto implica un caminar resuelto. Esto demanda un abandono de lo que me impide ir. Venir es un acto de fe que me levanta para tomar del «agua de la vida». Es dejar mi comodidad, mi incredulidad, mis pareceres, mi autosuficiencia, mis placeres y mi propia vida para que sea cambiada. Pero también el texto nos habla de la persona correcta a quien hay que ir. Note que Jesús dice, «a mi». Hay aquí un sentido de exclusividad en estas palabras. Pero Jesús no presenta otra alternativa para que los hombres vayan a calmar su sed. El es la fuente de «agua viva». Las «aguas» de este mundo donde los hombres van son muertas y estancadas. La prueba es que mientras los hombres las buscan para llenar la sed, el vacío se hace más grande. La otra condición es beber. Se puede venir a Jesús, pero hasta que no se «beba» de él no habrá tal cosa como satisfacción de la sed. En todo esto tiene que haber una iniciativa de fe. A aquella mujer sedienta que vino al pozo de Jacob, conocida como la samaritana, Jesús le dijo: «mas el que bebiera del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás..» (Jn. 4:14). Ella tomó de esa agua y la sed de aquellas cosas que anhelaba su alma, corazón y su carne fueron satisfecha para siempre. Jesús dijo que los hombres bienaventurados son aquellos que tienen «sed de justicia». Cuando esto ocurre, entonces, «ellos serán saciados». En este texto Jesús se presenta como la fuente que abastece al individuo. «El que en mí cree…», es la única manera de poder llenar la gran satisfacción del alma. Usted pudiera creer en otras cosas pero me temo que nada podrá traer paz a su corazón, significado a su existencia, felicidad verdadera y un destino eterno seguro al poner su fe en el carpintero de Nazaret, el Hijo de Dios. Hay que venir a él y beber. Estas son las tres condiciones para la salvación. Jesús conoce la sed de esa humanidad. El mismo la tuvo, pero que con su entrega desde la cruz el ahora la satisface.

III. HAY UNA BENDICION CUANDO SE SATISFACE v. 38
Jesús se refirió a las Escrituras que hablaban de él como testigos de lo que sería su misión, entrega y satisfacción para la humanidad. No dice de una manera explícita cuáles eran esas Escrituras, pero sin duda que es una clara referencia a todas aquellas que lo ubicaban como el autor y consumador de la salvación. Era una referencia a lo que la «ley, los profetas y los escritos» destacaban su vida y obra. El profeta Isaías fue uno de los grandes exponentes de la misión redentora de Cristo. Ninguno hizo una presentación tan exacta y con una visión anticipada de lo que sería el nacimiento, vida y muerte de Jesús como lo hizo él. En cuanto a su nacimiento dijo: » Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is. 9:6). Hay una belleza indescriptible en cada uno de estos títulos que fielmente se *****plieron en Jesús. Cada uno de esos títulos ha llegado a ser esos «ríos de agua viva» que fluyen en el corazón de todo aquel que le recibe como salvador. Al referirse a su misión dijo: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertar a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel» (Is. 61:1). Y cuando se refirió al más caro sacrificio de nuestros pecados, obteniendo con ello nuestra libertad y vida eterna, dijo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5). Jesús hizo una referencia a la bendición que se desprende cuando se bebe de su propia fuente. El hombre que cree en él no solo queda satisfecho sino que de su «interior correrán ríos de agua viva». El calma la sed del alma, pero de igual manera la convierte en un canal de su Espíritu Santo a través del cual trae bendición y vida eterna a los demás. En este punto vale la pena decir que nosotros no somos solo una vasija que se llena con el Espíritu para que luzcamos relucientes cristianos, sino que somos canales de su gracia y su poder para bendecir a otros. Pudiera haber en la vida una especie de «agua estancada» porque no hemos entendido la diferencia entre ser un recipiente y ser un canal del Espíritu Santo. Note que Jesús habló no solo de un río sino de «ríos», como para destacar la abundancia de corriente, la abundancia de vida y la abundancia de poder que puede ser nuestra vida una vez que venimos a él. ¿Sabe usted lo que hace un río con aguas vivas? Nosotros podemos permitir que esos «ríos» fluyan para bendición de otros. ¿Qué es lo fluye en nuestro interior?

CONCLUSION: En este texto hay una invitación que tiene que ver con almas sedientas. Jesús conoce el mundo interno en cada hombre y mujer y sabe el tamaño de su necesidad. De igual manera hay una invitación para venir a la fuente correcta que puede satisfacer absolutamente la sed del alma. El mismo es el agua viva. Jesús no recomendó a los hombres las fuentes del mundo porque ellos tenían que volver allí para seguir satisfaciendo su sed. Es por eso que en esta invitación el dice, «venga a mí y beba». Usted y yo no tenemos que ir a otro sitio para sentirnos felices, dichosos y seguros. Cristo es una fuente que abastece para siempre pero a su vez es una fuente que al ser puesta en el corazón del hombre, otros pueden abastecerse también. ¿Ha tomado usted del Agua de la Vida? ¿A calmado usted su sed?