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El Gran Salvador

Este es uno de los misterios de la religión cristiana: nos enseña que hemos de creer que Cristo es Dios, no obstante que es hombre. Siguiendo las Escrituras, sostenemos que es Dios mismo, igual al Padre, y coeterno con éste, poseyendo al igual del Padre todos los atributos divinos en grado infinito. Tomó parte con el Padre en todos los actos de su omnipotencia; tuvo que ver en el decreto, en la creación de los ángeles, en la del mundo cuando éste rodó del caos al espacio, y también en el orden del bello mecanismo natural. Con anterioridad a cualquiera de tales hechos era el Divino Redentor Hijo Eterno de Dios. No dejó de ser Dios cuando se hizo hombre. Siendo «varón de dolores, experimentado en flaqueza,» era también «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos,» tan ciertamente como antes de su encarnación. De ello tenemos pruebas abundantes en las continuas afirmaciones de las Escrituras y en los milagros que obró. Las resurrecciones de muertos, las caminatas sobre las olas del mar, los apaciguamientos del viento, y el hendimiento de las rocas, con otros hechos maravillosos suyos que nos falta tiempo para especificar, todos son pruebas inconcusas de su divinidad, que ciertamente era Dios al mismo tiempo que condescendió a ser hombre.

También las Escrituras Indudablemente nos enseñan que es Dios ahora, que comparte el trono con el Padre, sentado en alto sobre «todo principado, potestad, potencia y señorío, y todo nombre que se nombra,» y que el objeto verdadero, legitimo, de la veneración y homenaje y culto de los mundos todos. Asimismo nos enseña a creer que es hombre. Nos dicen que, llegado el día señalado, vino del cielo y se hizo hombre sin dejar de ser Dios, apropiándose la naturaleza infantil en el pesebre de Belén; que de tal estado creció a la estatura de varón, hecho «carne de nuestra carne y hueso de nuestro hueso,» en todo menos en nuestro pecado. Son fuertes pruebas de su humanidad verdadera sus padecimientos, hambre, muerte y sepultura, exigiéndonos, no obstante, la religión cristiana que creamos en su verdadera divinidad. Se nos enseña que fue «niño nacido, hijo dado,» siendo al mismo tiempo «Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno.» Para tener ideas claras y rectas respecto a Jesús no hay que confundir una con otra sus dos naturalezas. No hemos de tenerlo por un Dios rebajado hasta la humanidad deificada, ni por nombre común oficialmente elevado hasta la deidad, sino por una persona con dos naturalezas distintas, no es Dios convertido en hombre, ni hombre hecho Dios, sino hombre y Dios a la vez formando unidad. Es por esto que confiamos en él, en calidad de Interventor, Medianero, Hijo de Dios, Hijo del hombre. He aquí nuestro salvador, el ser gloriosísimo, pero misterioso, indicado en el texto al decir que es grande, «grande para salvar.»

De su poder no hay necesidad de hablar; sois lectores de las Escrituras, y creéis en la potencia y majestad del que encarnó Hijo de Dios. Lo creéis Arbitro de la providencia, Rey de la muerte, Vencedor del Infierno. Señor de los ángeles, Dueño de las tempestades, y Dios de las batallas; luego prueba de su poder no necesitáis. Parte de su potencia es asunto para hoy: es «Grande, o poderoso, para salvar.» Denos el Santo Espíritu su auxilio para tratarlo brevemente, sirviéndonos de él para la salvación de nuestras almas.

Primero, trataremos del significado: de la palabra «salvar.» Segundo, de cómo demostraremos que e/efectivamente es «grande para salvar.» Tercero, de las razones por que es «grande para salvar.» Cuarto, dé las inferencias que deben deducirse de la doctrina de la grandeza de Cristo para salvar.

1. «¿Qué debemos entender por la palabra «salvar?»

Comúnmente los hombres en su mayor parte, leyendo esta palabra, juzgan que significa salvar del Infierno. En parte tienen razón, pero su idea es muy defectuosa. Verdad es que el Señor salva a los hombres de la pena merecida de su delito; efectivamente lleva al cielo los que han merecido la eterna displicencia del Altísimo; si borra «iniquidades, transgresiones y pecados,» y disimula las maldades del residuo de su pueblo a causa de su sangre y su expiación. No es ésta, empero, toda la significación de la palabra «salvar.» Explicación tan insuficiente ha ocasionado los errores de algunos teólogos, errores que cual brumas han envuelto sus sistemas teológicos. Han dicho éstos que salvar es arrebatar almas como tizones de la lumbre, salvarlos de la destrucción si se arrepienten. La verdad es que significa muchísimo más que librar del infierno a los penitentes. Expresa el todo de la grande obra de la salvación, desde el primer deseo santo, la primera convicción espiritual, continuada hasta la santificación completa. Todo lo hace Dios por medio de Jesucristo. Este es grande, no sólo para salvar los arrepentidos, sino para darles arrepentimiento; no sólo se compromete a llevar los que creen al cielo, tiene poder para dar nuevos corazones, y para comunicar la fe; no sólo puede dar al cielo al que lo quiera, sino que puede hacer amante de la santidad al que la aborrezca, adorador suyo al menospreciador de su nombre, y prófugo de sus malos caminos al réprobo declarado.

Por «salvar» no entiendo lo que algunos. Según la teología de éstos, vino el Señor al mundo para poner todos en estado salvable, a hacer posible la salvación de todos mediante sus propios esfuerzos. No en estado salvable, sino en estado de salvación creo que vino a ponernos; no donde podremos salvarnos ha querido ponernos, sino a llevar a cabo la obra en nosotros y a nuestro favor, desde el principio hasta el fin. SI yo creyese que vino el Señor con el solo fin de condición tal que solos pudiésemos salvarnos, dejarla desde luego de predicar, porque conozco algo de la maldad del corazón, conociendo algo del mío propio, conociendo el aborrecimiento humano natural hacia la religión cristiana, ninguna esperanza de éxito abrigaría, pidiendo sólo explicarla y ofrecerla, aguardando el efecto que dependiese de que quisiesen aceptarla sin ser renovados y regenerados. Ya no podría gloríarme en la cruz de Cristo creyendo que no acompaña la palabra del Señor poder que dispone en el día de su poder, apartándonos del error de nuestros caminos, la fuerza de una atracción irresistible, de una influencia divina misteriosa. Repito que el Señor es grande, no sólo para ponernos en condición de ser salvos, sino grande para salvarnos absolutamente. Esto para mí es una de las pruebas magnificas del carácter divino de la revelación bíblica. Frecuentemente he dudado y temido, como tantos otros; ¿en dónde se halla el fiel robusto que jamás ha dudado? Héme preguntado, ¿será verídica esta religión que diariamente predico? ¿Será cierto que ejerce influencia sobre la voluntad y el entendimiento? He aquí como me cercioré de ello. He contemplado las centenas, no, millares de que me rodean, en otro tiempo, viles como ningunos, beodos, juradores, etc., y ahora «vestidos, y en seso,» caminando en santidad y temor de Dios, y me he dicho: Verídica es; la comprueban sus efectos maravillosos; es cierta, puesto que es eficaz para los fines que jamás ha logrado el error. Su influencia está manifiesta aún entre la ínfima clase de los mortales y los abominables de nuestra raza. Siendo agente del bien de poder irresistible, ¿quién podrá negarle el carácter de verídica? Para mí la prueba más conveniente de la grandeza de Cristo no es su oferta de salvación, ni que nos diga que tomemos la salvación si nos place, sino que rechazándola nosotros, aborreciéndola, menospreciándola, tiene poder que nos hace cambiar de propósito, pensar muy de otra manera, y abandonar nuestros caminos tan errados. Juzgo ser ésta la significación del texto «grande para salvar.»

Aun no es ésta, empero, toda su significación. No sólo es grande nuestro Señor para hacer que nos arrepintamos, para vivificar los muertos en pecado, para apartarlos de su insensatez e Iniquidad; sino que ha sido ensalzado con otro fin más allá: es grande para cuidar su cristianismo después de habérselo dado, grande para mantenerlos en su temor y amor en tanto que acabe de perfeccionar la existencia espiritual de aquellos en el cielo. La grandeza del Señor no consiste en hacer a uno creyente, dejando luego a éste manejarse como pueda; empieza la buena obra, y la lleva adelante; el mismo que comunica el primer germen de vida que da vida al alma muerta, después da y sigue dando lo divino que prolonga la existencia, hasta ejercer en nosotros aquel gran poder que rompe toda liga de pecado, y finalmente hace tomar puerto en la gloria al alma ya Idónea para ello. Creemos, sostenemos y enseñamos, basados en la Biblia, que cuantos han recibido del Señor el arrepentimiento Infaliblemente perseverarán en el camino; que el Señor jamás da principio a una buena obra sin llevarla a cabo; que nunca ha vivificado realmente para lo espiritual sin concluir la obra dando al sujeto lugar en medio de los coros de santificados. No somos de parecer que la grandeza del Señor estriba en conducirme al estado de gracia; encomendándome luego a mí propio cuidado, sino en ponerme en tal estado de gracia, y darme tal vida interna, ejercer tal poder en mí; que tan imposible me seria volver atrás como al sol detenerse en su carrera, o dejar de resplandecer. Para nosotros, amados, esto significa «grande para salvar.» Esta doctrina comúnmente se titula calvinista; no es sino cristiana, doctrina de la Santa Biblia; calvinista no podría llamarse en días de Agustín, porque en las obras de éste hallamos esta doctrina; agustinianismo no puede llamarse tampoco; porque se halla en los escritos de Pablo apóstol, no pudiendo llamarse paulinismo tampoco, por ser sencillamente desarrollo, plenitud del evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Repetimos, sostenemos y con firmeza enseñamos, no sólo que Jesucristo tiene poder para salvar al que consiente en ser salvo, sino hacerlo consentir, hacer que el ebrio renuncie el vicio, y vaya a buscar el bien, hacer que el escarnecedor se postre, y ablandar su corazón con su amor.

II. ¿Cómo se prueba que Cristo es grande para salvar?

Presentaré primero el argumento más fuerte; con uno hay. Este es, que lo ha hecho ya. A fin de poner en claro que efectivamente lo hace, me referiré a los casos más marcados. Se dirá que es fácil comprender que, predicado el evangelio a las almas virtuosas, criadas en el temor de Dios, éstas lo reciban. Por lo mismo, no me referiré a ellas. Ahí tenéis al australiano; acaba de despachar su almuerzo diabólico de carne humana; es caníbal o antropófago; de su cinturón están colgadas las cabelleras de las víctimas de su coraje, matanza de que él se gloria. Si desembarcareis, en su costa, os comerá irremisiblemente, a no poner cuidado en evitarlo. Es un pobre ser bajo, ignorante, degradado, que muy poco aventaja a las fieras. ¿Tendrá el evangelio de Cristo poder para amansarlo, para quitar de su cinto las cabelleras, de su pensamiento los hábitos de sangre, de su corazón los ídolos horribles que adora, y para volverlo civilizado y cristiano? Citáis el poder de la educación en pro del hombre, natural pero no espiritualmente; pero ¿en pro de aquel salvaje qué hará?, Id a hacer la prueba; enviadle el mejor maestro de escuela; se lo come antes del anochecer, y ¡Viva la filantropía! Pero, ¿el misionero y el evangelio? Veces innumerables ha sido la vanguardia de la civilización, y en la providencia divina ha escapado de la muerte más cruel. Va y habla con el salvaje con miradas y obras de amor. Estos son hechos bien conocidos; no son sueños. Suelta el salvaje su hacha de guerra; dice que aquello es maravilloso, que escuchará más, las lágrimas corren por sus mejillas; encendiéndosele en el alma un amor humanitario que jamás habla conocido. Cree en el Señor Jesucristo; pronto se le ve «con ropa y en seso,» hombre en fin, tal como quisiéramos que todos lo fuesen. Esto prueba que no viene el evangelio a la inteligencia preparada para admitirlo, sino que el mismo prepara la inteligencia; que no se contenta el Señor con depositar la semilla en el terreno que de antemano se le ha preparado, sino que mete el arado, si, y desterrona, y lo hace todo. Tiene poder para hacerlo. Preguntádselo a nuestros misioneros que trabajan en Africa, entre los peores bárbaros del mundo; preguntadles si tiene poder para salvar el evangelio, y os señalarán el jacal del hotentote y la casa del kuramán y preguntará a su vez:

-¿De dónde ha provenido la diferencia entre ésta y aquél, sino de la palabra del evangelio? SI, amados hermanos; sobran las pruebas en los países paganos; ¿a qué añadir más que esto? ¿No sobran pruebas también de ello en nuestro país? Se predica un evangelio bueno para instruir en la moral, pero Inútil para salvar, útil para impedir tal vez que se embriaguen los que no tienen el vicio, pero Inútil para quitarles el vicio cuando lo tienen; útil para dar una especie de vida y salvación al alma, porque desahucía aquellos cuya salvación es el objeto más marcado del evangelio verdadero de Cristo. Yo podría citar casos en que ha habido pecado el más enorme, que nos horrorizaríamos de oír. Podría contar de algunos que vinieron a la casa de Dios muy resueltos a no escuchar al predicador excepto para burlarse de lo que dijera. Se detuvieron momentáneamente; les llamó la atención alguna palabra, se dijeron ¿será verdad eso? Penetró en el alma alguna palabra expresiva, innegable. Sin saber cómo se fue, se hallaron como encantados, bajo la influencia de algún hechizo, por decirlo así; escucharon aún, rodaron las lágrimas involuntarias, se retiraron sintiendo algo extraño, misterioso, hasta sus recámaras; cayeron de rodillas, pasó por sus mentes su propia historia que confesaron delante de Dios; éste les dio la paz mediante la sangre del Cordero, y volvieron a la casa de Dios para decir muchos de ellos:

-Venid a escuchar lo que el Señor ha hecho en favor de mi alma, y saber del caro Salvador que me he hallado.

¡Ejemplos del poder divino transformador del corazón y dador de paz al corazón ya trasformado! Amados oyentes, frecuentemente me digo:

-¡He aquí la prueba más convincente del poder del Salvador! Predíquese otra doctrina; ¿surtirá el mismo efecto? Si lo surte, junte cualquiera oyentes, y convierta gentes con su predicación.

Efectivamente; ¿no será reo de la sangre de las almas el que no predique doctrina que surta tal efecto? El que cree que su evangelio salva, y predica todo el año sin ver un solo arrepentido en calidad de fruto de su predicación contra el vicio, ¿cómo lo explica? La razón es que proclama un pobre cristianismo bien diluido y sin fuerza, y no el de la Biblia, amplio, firme y eficaz, el evangelio del Señor, poderoso para salvar. Si cree aquel que suyo es, predíquelo luchando enérgicamente por salvar las almas del pecado tan funesto. Positivamente está probado que el Señor es «grande para salvar» los peores, arrebatándolos de la Insensatez que tiempo ha los esclaviza, y duda no sabe que el mismo evangelio produciría los mismos resultados dondequiera.

Para mis caros oyentes la prueba de su grandeza para salvar fuera que a ellos los salvase.

-Tú, ¿qué dices? Como libre pensador, tu religión no me merece sino desprecio y aborrecimiento.

-Y ¿si la grandeza de esta religión algún día te obligase a creer? ¿Qué dirías entonces? ¡Ah! yo sé que seria Intenso tu amor y perdurable, porque te dirías.

-El más rebelde fui yo, y sin saber cómo, lo he llegado a amar.

Hombre semejante, creyendo porque no tuvo remedio, seré predicador de los más elocuentes. Allí está otro que dice:

-Yo no respeto el día llamado de descanso. Me es antipático todo lo que huele a religión. Pues, no te puedo probar la religión si ésta no se apodera de ti para renovarte, obligándote a confesar que es realidad. «Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificaremos» (Juan 3:11). Hablando de la mudanza que efectuó en nosotros mismos, presentamos hechos efectivos, no ensueños ni fantasías, y lo decimos sin vacilar; si; lo afirmamos de nuevo: «es Grande para Salvar.»

III. Ahora, empero, se pregunta, LA RAZON DE SER CRISTO «GRANDE PARA SALVAR.» A esto se responde de varías maneras.

Primero, dando a la palabra «salvar» su acepción popular, la cual, aunque correcta, no lo dice todo, esto es, sí entendemos por salvación el pecado perdonado y el infierno evitado, Cristo es grande para salvar a causa de la eficacia infinita de su sangre expiatoria. Pecador ennegrecido, Cristo tiene poder hoy mismo de emblanquecerte más que la nieve. ¿Preguntas cómo? Te lo voy a decir. Puede perdonar por que ha sido castigado por culpa tuya. Si te reconoces pecador, si otra esperanza o abrigo que Cristo no tienes delante de Dios, sabe que Cristo tiene poder para perdonar, porque una vez fue castigado a causa del pecado que cometiste, razón por la cual puede dar remisión de él gratuita. La manera más sencilla de poner en claro la fe que tengo en la expiación de Cristo es referir cierta historia. Una vez se me presentó un pobre Irlandés. Dijo que me quería hacer una pregunta. Yo le pregunté por qué no se la hacia al padre. Dijo que se la habla hecho, pero que no le había contestado muy satisfactoriamente, y que si yo resolvía su dificultad quedaría agradecido porque no estaba en paz. Que me habla oído a mi y a otros decir que Dios puede perdonar el pecado, pero que él no comprendía cómo Dios puede perdonar pecados tan grandes como los suyos, que reconocía que si Dios le perdonaba sin castigarlo como debía no obraría al parecer con justicia. Perdonar y ser justo, no lo entendía. Le dije que esto era mediante la sangre y los méritos de Jesucristo. Dijo que no entendía aquello, que así poco más o menos le había dicho el sacerdote, pero que no le había explicado cómo la sangre de Cristo hacia justo a Dios, y quería que yo se lo explicase.

Entonces le dije:

-La expiación, suma, sustancia, raíz, médula y esencia del evangelio es así: Suponga que ha matado usted. Por asesino le condenan a muerte. ¿La merecía? Pues bien, se desea salvar su vida, pero la equidad se opone a que quede sin satisfacción la justicia que exige vida por vida. Dificultad muy grande, ¿verdad? Ahora suponga que yo fuese al Ejecutivo diciendo que la sentencia de usted era justa, que no me oponía a ella, pero que amaba tanto a usted que voluntariamente me dejaba ahorcar en su lugar. Suponga también que lo admite. ¿Habrá justicia en soltar a usted, muerto yo en su lugar?

Dijo que le parecía que si. No habían de morir dos por la culpa de uno solo. Que seguramente podría retirarse sin que se le dijera una palabra. Le dije que así es como salva Jesucristo. Pidió sufrir en lugar de los pecadores por el amor que les tiene. Murió pues en el madero, padeciendo lo que sus escogidos debían padecer, razón por la cual éstos no pueden ser castigados, con tal que tengan fe en él, y así prueben que son escogidos suyos. Me dijo:

-Lo comprendo; pero si Cristo murió por todos, ¿cómo es que algunos otros también son castigados? Eso no es justo. Le contesté:

-No fue eso lo que dije. Murió por todos los que creen en él, esto es, por todos los arrepentidos, tan cierta y absolutamente que ninguno de éstos será castigado así. Dijo aquél, aplaudiendo con las manos:

-Por cierto esto es el evangelio, o yo nada entiendo del asunto. Nadie puede haber Inventado tal cosa. ¡ Cuán maravilloso! Ya soy salvo; con todos mis pecados confiaré en el hombre que murió por mi, y seré salvo.

Hermanos, Cristo es grande para salvar porque Dios no apartó la espada del corazón de su propio Hijo; ni soltó la deuda, porque ésta se pagó con sangre sin precio; el gran recibo clavóse en la cruz con nuestros pecados, y libres somos si tenemos fe. En el sentido exacto de la expresión, por esto es «grande para salvar.»

IV. El Cuarto punto fue: ¿Que debemos inferir sabiendo que Jesucristo es grande para salvar?

Primero, hay una gran verdad que deberían tener presente los ministros, a saber, que han de predicar esforzándose a tener fe, dejando la vacilación. Se postran luego confesando su debilidad, lamentando, llorando y gimiendo por la dureza de corazón de los que les oyen predicar, sus corazones de piedra, sin inquietud a causa de sus pecados, sin querer amar al Salvador. Paréceme ver a su lado a un ángel que les dice:

-Tú eres débil, pero él fuerte. Nada puedes hacer tú, pero él es grande para salvar.

Tenlo presente. La eficacia no es del instrumento. Es de Dios. La pluma del autor no será la alabada por la erudición o talento que haya en el volumen, sino el cerebro que impulsó la mano que movió la pluma. En la salvación también, no es el predicador el que idea la salvación, sino que el Señor la idea, y se sirve del ministro u otro para exponerla. Pobre predicador desconsolado, sí poco fruto has visto de tu ministerio, prosigue con fe, que, como lo sabes, fue escrito: «Mi palabra no volverá a mi vacía, mas hará lo que quiero, y será prosperada en aquello para que la envía.» (Isaías 55:11.) Prosigue: ten valor; el Señor te auxiliará al amanecer. (Sal. 46:5.)

También hay aquí estimulo para los que oran rogando a Dios por sus deudos. Madre que años ha gimes por tu hijo, creció éste, desamparó el techo paterno, y tus oraciones han quedado sin respuesta. Así lo crees. Te ocasiona pesares con su alegría no santa, y temes llevar tus canas con dolor al sepulcro por su causa. Ayer dijiste: «Es por demás orar; ¿para qué lo hago?» Detente, madre; no lo vuelvas a decir. Empieza de nuevo. Por él has orado. Sobre su cuna encorvada lloraste. Le diste instrucción cuando tuvo edad para recibirla, y le has amonestado frecuentemente después; pero de nada ha servido. No ceses de orar, empero, acuérdate que Cristo es grande para salvar. Espera su hora, quizá, y a ti te hace esperar a fin de que reconozcas más claramente su gracia cuando te otorgare el bien. Prosigue, ahora aún. De madres he tenido noticia que oraron por sus hijos veinte años, muriendo algunas sin ver su conversión, y su muerte fue el medio de salvarlos, induciéndolos a reflexionar. Cierto padre de familia había sido piadoso muchos años, sin tener la dicha de ver convertido a uno solo de sus hijos. Moribundo ya, llamó a sus hijos, y les dijo:

-Hijos míos, moriría tranquilo si pudiese creer que vosotros me seguiréis al cielo; pero esto es lo que más me apesadumbra, no el morir, sino esta separación eterna. -Lo contemplaron sin llorar, sin ocuparse de sus hechos. El se vio envuelto de repente de gran tormenta y angustia mental; en vez de morir pacifico y tranquilo, murió atribulado, pero confiando sólo en Cristo, diciendo:

-Ojalá hubiera muerto feliz, porque esto habría sido testimonio para mis hijos; pero, Señor, estas tinieblas nublan tanto mí mente, que me privan de atestiguar la verdad de tu religión.

Al otro día de sepultarlo, dijo uno de ellos a otro:

-Hermano, me ocurre que nuestro padre siempre fue piadoso, y si murió tan triste, ¿cómo moriremos nosotros, sin Dios, sin Cristo?

-Ay, si; también me ocurrió eso, dijo éste. Se encaminaron a la casa de Dios, oyeron la palabra, volvieron a su casa, supieron con sorpresa, después de orar, que la demás familia habla hecho lo mismo, y que, muerto su padre, le habla otorgado el Señor lo que no otorgó estando aquel vivo, valiéndose de la misma muerte, y muerte que uno creería la menos propia para producir tal efecto. Sigue, pues, orando, hermano mío, hermana mía; el Señor hará que vengan el hijo y la hija a amarle y temerle, y os gozaréis con ellos en el cielo, aunque en la tierra no os fuese concedido.

Finalmente, amados oyentes, muchos hasta hoy no habéis amado al Señor, pero deseáis amarle. Preguntáis sí os podrá salvar, tan pecadores; si vuestro canto se oirá algún día con el de los santos en las alturas; si borrará vuestros pecados la sangre divina. SI, pecadores, es «grande para salvar.» Consolaos. ¿Te miras como el peor de los hombres? ¿Te hiere la conciencia como con mazo de herrero, diciéndote que todo está perdido, que te condenarás, que tus clamores no serán oídos, que acabó la esperanza? No lo creas; es grande para salvar; si tú no puedes orar, él te ayudará; si no puedes arrepentirte, él te dará arrepentimiento; si te es difícil creer, él puede ayudarte a hacerlo, porque ensalzado ha sido para dar arrepentimiento como también remisión de pecados. Pobre pecador, con fía en Jesús; abrázate de él. Clama, y el Señor te ayude a hacerlo ahora. Hoy mismo te auxilie para que confíes tu alma al que la compró, y sea este el día supremo de toda tu vida. «Volveos, volveos, ¿por qué queréis morir, oh casa de Israel?» Convertíos a Jesús, almas fatigadas; acudid a su llamada. «El Espíritu y la esposa dicen, Ven; también el que oye diga, Ven; también el que tenga sed venga, y el que quiera tome del agua de vida, de balde.» Se os anuncia, y se os franquea; la tenéis todos los que estáis dispuestos a admitirla.

La gracia del Señor os haga anuentes a tomarla, salvando vuestras almas por Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Amén.

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