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EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

Desde que aquel joven quiso ser “libre”, comenzó a ser un esclavo de lo que jamás habría pensado. Esta historia nos recuerda que los bienes mal administrados pueden ser causa de grandes ruinas. Nos muestra que el mundo con sus deseos y placeres no produce sino engaño, tristeza y ruina moral. “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:16,17) Hay estados espirituales que llegan a ser las consecuencias directas de nuestra desobediencia y del empeño por no permanecer al lado del único que nos da satisfacción, nuestro Padre celestial. Sin embargo, cada hombre tiene en su vida el momento cuando “vuelve en sí”. Cuando se da cuenta hasta dónde ha llegado. Es cierto que el pecado cauteriza la conciencia, pero el ser humano es el único que tiene la capacidad de sentirse mal por lo que ha hecho. Tal condición debe disgustarle y decir: “Me levantaré”. Esto es así porque nadie es tan pecador que no pueda cambiar su vida. Son los “enfermos” y no los “sanos” a los que el Señor vino a llamar al arrepentimiento. El joven de esta historia volvió en si, y eso significó el camino de su restauración. Cuando despierta la conciencia se abre el camino de regreso y con ello el perdón del ofensor.

ORACIÓN DE TRANSICIÓN: Consideremos los resultados del Despertar de la Conciencia.

I. SE DA CUENTA DE LAS CONSECUENCIAS DE UNA MALA DECISIÓN v. 12
La frase “viviendo perdidamente” v.113c pareciera ser un resumen anticipado de la descripción que viene a continuación. La caída precipitosa de aquel joven que lo “tenía todo”, es la más clara demostración de engaño y desilusión que trae una vida disipada. Y es que no siempre el deseo de querer vivir la vida a plenitud fuera de lo que Dios ofrece, es siempre una señal de lo mejor. Hay una “herencia” que nos gustaría pedir para disfrutar; sin embargo, no siempre estamos preparados para manejarla o administrarla adecuadamente. La mayoría de las desilusiones de la vida vienen por querer más de lo que tenemos. Lamentablemente, el deseo de alcanzar más de lo que hemos obtenido pudiera llevar al hombre a no poner su mirada en las cosas de arriba «donde está Cristo sentado» sino en las de la tierra; eso es, aquello que es pasajero y temporal. Es la decisión de querer vivir a espaldas de Dios; de ir de una “ciudad a otra”, de una sensación a otra, de buscar la gratificación del deseo y de vivir nuestra propia independencia. Nunca será mejor vivir en una “provincia apartada” que vivir con el Padre amoroso y su provisión inagotable. Ilustración: El pueblo de Israel quiso tener un rey rechazando con ello el gobierno teocrático que hasta ese entonces había tenido, por una monarquía. La consecuencia de aquella decisión fue la llegada del rey Saúl. Él, no solo fue rechazado por Dios debido a su desobediencia, sino que también trajo una gran decepción al pueblo mismo que lo eligió. ¡Cuidado con las decisiones, no siempre nos llevan a un final dichoso!

II. REVELA UNA VIDA MALGASTADA v.14
Este joven cuando “volvió en si” descubrió cuán lejos había llegado y hasta dónde se había hundido. Los vs. 15 al 16 nos indican la degradación a la que había llegado. A un judío le estaba prohibido comer carne de cerdos (Lev. 11:7) Pero el desear la comida de ellos nos muestra la bajeza hasta dónde puede llevar el pecado a una persona. Cuando miró su actual condición, y por seguro la comparó con la que tenía en el seno de su casa, no le gustó lo que vio. Fue descendiendo de una posición de riqueza hasta la más imaginable pobreza. De una posición de hijo a una de esclavo. De una posición donde él podía dar a otros para que vivieran, a una donde él está pidiendo a otros para vivir. El hijo de un rey deseando llenar su estómago con la comida de un cerdo, y ni siquiera esto le daban. ¿Cómo se malgasta una vida? Un síntoma es que mientras más se hace lo que se quiere (aquel apetito de la carne que no se satisface) menos se quiere lo que se hace. Mientras más se buscan los placeres para vivir, nuevas oportunidades hay para esos placeres. Se malgasta la vida cuando se “desperdician los bienes”. Si algo sobre sale en la vida de este joven es su mala mayordomía. Los problemas que más a menudo confrontamos son los que tienen que ver con una mala mayordomía de los bienes que recibimos. La “herencia” no tiene que ver solamente con los bienes materiales. Por ejemplo, se dice que los hijos son “herencia de Jehová”. Si eso es así, ¡qué enorme responsabilidad tenemos los padres por su conducción! Nuestra “herencia” también puede ser los dones espirituales. Ellos nos fueron dados para el servicio del Señor. De igual manera, es una tremenda responsabilidad administrarlos para hacer crecer su reino en la tierra. El cuerpo nos fue dado para que fuera el templo del Espíritu Santo. Entregarlo para otros fines es profanar esa mora santa. ¿Qué decir de nuestras finanzas? Somos mayordomos de todo el dinero que recibimos. Como creyentes responsables debemos saber cómo lo usamos, y cómo lo administramos. Debo saber que el 90% de ello Dios me lo ha dado para vivir sencilla y honestamente. El otro 10% yo debo saber que eso le corresponde al Señor, haciendo nuestra la promesa de Malaquías 3:10. La historia de este joven nos revela que cuando se deja a Dios fuera de “nuestros bienes”, el resultado es una vida malgastada. A ese joven le pasó como aquel hombre rico de la parábola cuya heredad le había producido mucho. Él estuvo en el dilema de qué hacer con tantos frutos. Así, pues, después de haber pensando tomó la decisión de derribar sus actuales graneros y construir unos más grandes de modo que allí pudiera poner su gran cosecha. Pero mientras pensaba esto, también había dicho a su alma: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. De ese modo hizo su propio plan y se olvidó de incluir a Dios en su brillante idea. ¿Cuál fue el resultado? Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Luc. 12:16-21) Se malgasta toda la vida cuando Dios no es el centro de ella.


III. HACE RECORDAR EL SITIO ABANDONADO v.17
Si el pecado produjera no solo un momento de placer sino una conciencia tranquila, entonces, el practicarlo no sería del todo mal. Pero la verdad es otra. El joven de esta parábola fue invadido por una gran crisis de culpa. Mientras estaba en la pocilga de su vida vino a su mente la imagen del hogar abandonando. Seguramente pensó en aquella atmósfera tranquila que se respiraba en casa. A lo mejor vino a su mente la imagen de aquel padre sonriente, amoroso y los abrazos y besos con los que éste le acurrucaba. Por seguro se acordó de la abundancia de comida que había en la mesa; de las ropas finas que allí se ponían; de su cuarto donde tenía sus cosas y de toda la vida que allí disfrutaba. Tal fue la condición de sus pensamientos que se acordó que los jornaleros, aquellos que trabajan por contratos, los que eran aun menos que los esclavos, gozaban de “abundancia de pan”, lo que ilustra que aun tales personas podían estar satisfechos “en casa de mi padre”. Tenemos que admitir, en función del estado de este joven, que la culpa es uno de los grandes males de este siglo. Hay personas que saben que han fallado y en su corazón hay un lamento por lo hecho y por aquellos valores y principios abandonados. La culpa es aquella condición que nos lleva a sentirnos tan bajo hasta el punto de querer ser como “uno de tus jornaleros”. La culpa revela un estado de pobreza, de miseria y de enojo consigo mismo. Pero tal estado puede cambiar. El hombre no fue hecho para vivir de las “algarrobas” de este mundo. Él fue hecho para vivir en la “casa de mi padre”. Fue por eso que el hijo menor estando en tal condición tuvo el «despertar de su conciencia» y anheló el sitio por él abandonado. La única criatura que tiene el derecho de llamar a Dios, Padre, es el hombre. La casa del Padre es un lugar de paz, de seguridad, de abundancia y el especial recinto del amor. El anhelo de regresar vibra en el pecho de cada ser humano. Es cierto que el pecado lleva a una esclavitud y degradación moral, pero el deseo de cambiar y ser alguien diferente es una llama que no se apaga. El himnólogo lo expresó de una forma muy sentida, cuando dijo: “Hogar de mis recuerdos, a ti volver anhelo, no hay sitio bajo el cielo más dulce que el hogar. Posara yo en palacios, corriendo el mundo entero, a todos yo prefiero mi hogar, mi dulce hogar”. El sitio abandonado llega a ser el oasis de la felicidad.

IV. INVITA A TOMAR EL CAMINO DE LA RESTAURACIÓN v. 18
1. El primer paso en la restauración es tomar la decisión de no seguir en la misma condición. “Me levantaré”, es una de las frases más audibles de esta parábola. Sin duda son las palabras que conmueven el corazón del Padre y arrancan los aplausos celestiales. Lamentablemente mucha gente está “apacentando cerdos y comiendo sus comidas” porque no quieren levantarse. Note, entonces, que la primera y gran acción del joven fue la de levantarse. Alguien ha dicho que el asunto no es cuántas veces nos caemos sino cuando nos levantamos. La Biblia dice de esta manera: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Ef. 5:14).
2. El segundo paso en la restauración es ir. No podemos solamente levantarnos. No es suficiente hacer la oración como la formuló este joven. Tenemos que ir al Padre. De alguna manera la gente se levanta, pero estiman que en la suficiencia de sus capacidades pueden enfrentar sus propias crisis. Mucha gente vive en estado de miseria moral y espiritual pero no van al lugar correcto para la sanidad de su alma. Muchos prefieren el ejercicio mental, las indicaciones de los astros, o las respuestas de los “videntes”. Algunos prefieren ir a cualquier otro sitio con tal de no enfrentar su condición con Dios.
3. El otro paso en la restauración es la confesión sincera. Note la oración de confesión que hizo el joven: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros” v. 18b-19. No hay restauración mientras no hay confesión. Hay un cielo y un Dios a quien se ha ofendido al momento de cometer la falta, y necesitamos ir allí para reconocerla. Esta oración de confesión nos muestra que es Dios la única persona a quien yo debo confesarle mis pecados. Solo él, por su carácter santo, puede absorberme de mis pecados. Haríamos bien a la hora de la confesión de nuestros pecados recordar esta impresionante oración para acercarnos a un Dios tan santo. La restauración es posible cuando hay en el corazón la resolución de cambiar, y venir a Aquel que nos puede perdonar.

CONCLUSIÓN: El “Despertar de la Conciencia” nos lleva a la fiesta de la compasión. Es dejar de apacentarle los cerdos al “ciudadano de otra tierra”, por apacentar las vacas del amado padre. Es dejar de comer la inmundicia, por la carne y leche en la mesa del amor. Es dejar de sentirse un esclavo, hasta llegar a recuperar la posición del hijo abandonada. Es dejar de oler apestoso -el olor del pecado- por la fragancia del nuevo vestido paterno. Es dejar de herirse los pies porque en el mundo se han malgastado, por el calzado suave y seguro que se disfruta en casa. Es dejar de oír los ruidos de la miseria, el sonido de la conciencia, por la melodía de la fiesta preparada. Así, pues, la vida puede ser otra cuando el hombre “vuelve en si”. Cuando se da cuenta de su condición y se levanta para venir a los tiernos y amorosos brazos de su Padre amante. Usted no nació para ser un esclavo del pecado; usted nació para ser un hijo libre. ¿Cómo prefiere vivir?