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Despertemos del sueño

Uno tiene éxito cuando sale del encierro. Cuando sale de la circunstancia que lo tiene detenido.

Hoy quiero hacer una denuncia de las estrategias del diablo en contra de la iglesia para tenernos encerrados en cuatro paredes y no tener la visión que Dios quiere, que es: hasta lo último de la Tierra. Estrategias que el diablo usa continuamente y por las cuales nos ha tenido por mucho tiempo encerrados.

La primera estrategia es la ignorancia
La ignorancia se manifiesta de dos maneras: en primer lugar, ignorancia de lo que Dios nos dice en su Palabra. Cuando nosotros desconocemos el manual del fabricante, el mensaje de Dios, lo desconocemos a Él. Este es el primer gran error.
La Biblia es la que nos muestra el plan de Dios para redimir al mundo. Dios en su corazón amoroso y compasivo planificó la redención del mundo a través de su Hijo Jesucristo. En Mateo 28:19-20 tenemos la llamada Gran Comisión que el Maestro específicamente nos ha asignado: «Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…». En otras palabras podemos decir que misiones es la misión de Dios, la realización de los planes de Dios, la manifestación de la gracia. Es el amor de Dios puesto en acción. Es la tarea más sublime que pudo encomendarse al ser humano. La Gran Comisión es convertida en hechos por medio de la Iglesia.
Pero no puede llevarse a cabo la misión de Dios sin los recursos humanos que somos nosotros, el pueblo de Dios. La estrategia del diablo en cuanto a la ignorancia toma fuerza cuando el pueblo de Dios ignora la Palabra.
Los autores de la Biblia, movidos por el Espíritu Santo, escribieron en un lengua común, sencilla. La forma escrita se realizó en el lenguaje más accesible a la gente. De esta forma comunicaban un mensaje con significado y contenido que llegaba con claridad a la mente y al corazón de cada uno de los que lo escuchaban. Por eso, es evidente entonces que la persona que no entiende que misiones significa llevar el amor de Dios hasta lo último de la Tierra, desconoce lo que Dios nos dice en su Palabra. Ahí está la clave por la cual el diablo trata de que nosotros seamos ignorantes de la Palabra, porque si somos ignorantes de su Palabra somos ignorantes del autor de la misma. Dios no respalda ningún método, estrategias misioneras ni planes para desarrollar las misiones, Él respalda corazones que lo conocen y el conocimiento viene a través de su Palabra. Porque conocemos al Señor y conocemos lo que Él quiere, conocemos sus planes. Si leemos la Biblia de una manera superficial, sin detenernos en sus verdades más profundas, difícilmente podamos descubrir los planes que Dios tiene.
A veces nos alimentamos solamente de lo que escuchamos en la radio, o de predicaciones, o de lo que otros nos dicen, pero no vamos a la fuente, a la cantera, a sacar las riquezas de manera personal, por iniciativa nuestra y no de otros. De otra manera, si todos leyeran la Palabra y profundizaran en ella, no habría ni un solo cristiano que no entienda que el llamado de Dios es para todo el mundo.
El Espíritu Santo nos muestra a través de la Palabra el propósito de Dios por el que existimos, que es llegar hasta lo último de la Tierra. Debemos leer la Biblia cuidadosamente para que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra de Dios pueda destruir nuestro conformismo. Como dice el dicho popular: «Ojos que no ven, corazón que no siente». La manera de ver con los ojos de Dios es justamente buceando en su mensaje escrito.
Hay muchísimos ejemplos del Antiguo al Nuevo Testamento, que hablan del propósito de Dios. Por ejemplo: «… haced célebres en los pueblos sus obras…» (Isaías 12:4), «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (Jeremías 1:5), «Y unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo…» (Zacarías 2:11), «Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones…» (Malaquías 1:11).
Los Salmos hablan del propósito de Dios, nosotros los cantamos: «Aclamad a Dios con alegría toda la tierra».
Las profecías hablan de que el propósito de Dios era para todas las naciones. La historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento nos muestra que Dios siempre quiso que todas las naciones lo conozcan. De hecho, ese es el propósito por el que el pueblo de Israel fue llamado a ser como un imán espiritual. Luego, en el Nuevo Testamento, encontramos un montón de textos más, conocidos, predicados miles de veces: Mateo 28:19; Marcos 16:15; Lucas 24:47-48; Juan 20:21; Hechos 1:8. En Mateo 28, cuando Jesús dijo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra…», lo que quiso decir es: el que manda en el cielo y la Tierra soy yo, y luego agregó: «Por tanto, id…». Esta no es una opción, si uno quiere o no quiere: es una orden y el Señor antes de darla aclaró la autoridad que tenía para hacerlo.
Génesis arranca con la promesa para Abraham de ser bendición para todas las naciones, Apocalipsis termina con el apóstol Juan mirando una foto del futuro y diciendo: «Había gente de todo linaje, pueblo, lengua y nación»; una realidad que todavía no hemos vivido pero que en la eternidad de Dios Juan la vio. Toda la Palabra de Dios está impregnada del propósito de Dios para su iglesia, que es llevar su Palabra hasta lo último de la Tierra.
Por eso, cuando algunas personas, llamadas hijos del Señor, no entienden el llamado a las naciones es porque han caído bajo esta primera estrategia de las tinieblas llamada ignorancia de la Palabra de Dios.
Otra faceta de la estrategia de las tinieblas contra la iglesia es la ignorancia de la realidad mundial. Por mucho tiempo se ha dicho que los cristianos evangélicos vivimos «adentro de un frasco», porque no sabemos lo que pasa a nuestro lado.
La ignorancia de la realidad mundial puede ser producto de la apatía, el egoísmo, la falta de preocupación por lo que pasa afuera. Muchos cristianos desconocen que a cada minuto son miles los que se van al infierno porque no tienen a nadie que les diga que Jesús los ama.
Escuchamos decir: ¿por qué los misioneros se van tan lejos cuando aquí hay tanta necesidad? Cuando miramos al mundo hay que entender la diferencia que existe entre necesidad y oportunidad de conocer al Señor.
Algunos datos nos ayudarán a mirar para afuera:
En el planeta se hablan unos 6.800 idiomas. De estos tienen traducida la Palabra de Dios en forma total unos 371, entre los cuales está el castellano. Nosotros tenemos todo tipo de Biblias, en tamaño, color, versión, letra gigante, chica o grande. Y la tenemos hace muchos años. ¡Qué privilegio! ¡Qué bueno es poder leer el mensaje de Dios para nosotros cada día y hasta en muchos colores y tamaños. Somos uno de los 371 idiomas que gozan el mensaje completo del Señor. Imagínense lo que sería tener que aprender otro idioma para conocer lo que Dios quiere decirnos.
Aparte de esto, hay 960 traducciones más con solo el Nuevo Testamento. Los lectores gozan de la mitad, el Nuevo Testamento. Pero todavía no pueden descubrir qué pasó en el Antiguo Testamento.
Hay 902 idiomas más que tienen una pequeña porción. A veces es Juan 3:16, en otras ocasiones es el libro entero de Juan, o en algunos casos, dos o tres capítulos. Se trabaja en 1.500 idiomas y hay necesidad urgente de traducción en tres mil idiomas más.
Con estos pequeños datos vemos que en el mundo hay mucha necesidad. En Mauritania, por ejemplo, en el año 1995 no se sabía de ningún creyente mauritano. Es un país que tiene un poco más de tres millones de personas. En el año 1998 se sabía de cuatro. Yo encontré a un misionero brasileño que estaba en Mauritania y conocía a los cuatro creyentes de ese país. Tres podían congregarse más o menos una vez por mes, y el cuarto vivía tan lejos que cada ocho meses viajaba y se encontraba con los otros tres en forma secreta para orar y escuchar algo del mensaje de Dios.
Cuando empezamos a mirar algunos números entendemos la necesidad del mundo. Y no hemos hablado de la necesidad del hambre, de la desnudez, de la desnutrición. Cuando estuve en África, cuatro madres me ofrecieron sus bebés para que me los trajera, porque sino iban a morirse en sus brazos. Cuando uno toma uno de esos bebés le queman las manos del paludismo que tienen. Probablemente muchos de los que tuve en brazos ya murieron. Esas realidades que nosotros desconocemos son la consecuencia de la estrategia del diablo en contra de la iglesia, la ignorancia de cómo está el mundo en este tiempo. Ignorancia de los recursos que tenemos, e ignorancia de que Dios envió a su Hijo para morir por todos y no solamente por los que le hemos conocido.
En muchas ciudades de nuestro país la iglesia evangélica creció un doscientos por ciento en los últimos diez años. Son noticias lindas, alentadoras. Sin embargo, yo miro mi ciudad y todavía hay mucha necesidad. Pero cuando miro el mundo veo que hay muchos que no tienen oportunidad de conocer al Dios que nosotros amamos.
Esta estrategia del diablo de cegarnos al mundo hace que nuestro corazón no sienta nada y que no seamos exitosos, que nos quedemos encerrados, que no avancemos.





La segunda estrategia es la inmadurez
Se da cuando la iglesia tiene conciencia de su misión pero ve el mandato de Cristo como si fuera algo tan alejado de la realidad, solo para aquellos que quieren viajar.
La inmadurez provoca en el cristiano desobediencia, letargo, comodidad en el trabajo que le corresponde hacer. También se observa cuando se actúa por emoción o sentimientos. Es interesante la diferencia entre sentimiento, emoción y pasión. Se dice que la emoción es algo muy intenso pero breve, que dura muy poco, es como una explosión. Desborda, explota, pero dura poco. El sentimiento, sin embargo, es algo pequeño, tenue, como la llama del piloto del calefón, pero constante. A diferencia de la emoción que es muy grande, el sentimiento es algo pequeño. Pero a diferencia de la emoción que es breve, el sentimiento es continuo. La pasión combina a las virtudes de los dos anteriores, es intensa y continua.
Muchos en el llamado misionero se quedan en la emoción. Se entusiasman con una actividad misionera, un video o una predicación, ofrendan, pasan al altar, lloran, dan todo lo que tienen en ese momento y dicen: «Me voy, me voy, me voy». Eso fue el domingo. El martes o el miércoles se les pasó la emoción, se olvidan de todo y la llama que parecía que los consumía se apagó porque era una emoción, algo muy intenso pero breve.
Otros se quedan en el sentimiento. Acá están los que han experimentado cosas lindas en el Señor pero su llama es tan tenue que no les permite tener un compromiso. Siempre se acuerdan, pero necesitan que alguien los empuje para que esa llama llegue al máximo. Pero después vuelven a su estado normal. Se acuerdan del llamado pero necesitan sentir para hacer algo. Dicen: «Hoy no siento de orar, no siento de ofrendar». Son personas que están dentro de la inmadurez en el llamado.
Esta estrategia del diablo contra el pueblo de Dios busca que vivamos de sentimientos, de emociones y no del conocimiento que viene de la Palabra de Dios y de madurez en el llamado.





Por último está la estrategia del egoísmo
Es difícil de descubrir porque es muy íntima. Nadie la ve, excepto los ojos de Dios. Es difícil de descubrir porque no vivimos con los hermanos.
El egoísmo puede definirse como un prejuicio sin compasión. Nos preocupamos solo por nuestras necesidades y le damos el primer lugar a lo nuestro, lo demás no importa.
Una evaluación de las motivaciones que tenemos nos ayudan a ver si actuamos por egoísmo o no. Por ejemplo, los programas de nuestra iglesia ¿son para adentro, o tienen proyección hacia afuera? Las motivaciones por las cuales yo estudio, por ejemplo medicina, ¿son por un buen sueldo, por estatus o porque quiero servir? ¿Lo que doy en la ofrenda en relación con lo que gasto cuando salgo a comer es igual, o es menos? Con estos pequeños detalles descubrimos si nuestras actitudes son egoístas o no. Nuestro egoísmo nos quita de ver lo que hay más allá. En África no solamente hay pobreza: no hay comida. Nosotros aún tenemos abundancia. El egoísmo no nos deja ver la necesidad de los otros.
Si vamos a experimentar los propósitos, el plan que Dios trazó para nuestras vidas, vamos a ir en contra de la corriente, vamos a pagar un precio, no va a ser fácil ni sencillo.
Tengo un amigo, un hermano en Cristo, es de la etnia mandinga, que vive en Tambacunda, Senegal. Él y su familia eran musulmanes. Su padre, un multimillonario, construyó una mezquita y con eso «se ganó el cielo del Islam». El hermano es embajador en Argelia y su hermana está casada con un diputado en Senegal, todos son muy adinerados. Mi amigo estaba a punto de entrar a la facultad para estudiar, quería ser escribano, cuando alguien le predicó y se convirtió al Señor. Inmediatamente su padre le dijo: «A partir de hoy estás muerto, vete». Y lo echaron con lo puesto. Ahora, pasados ya más de diez años es pastor de una iglesia en Tambacunda. Se cambió su nombre de Mohamed a Tito, por el Tito de la Biblia.
Después de muchos años la familia volvió a hablarle. Un día visitó a su hermano, el embajador, que le ofreció regalarle una casa y pagarle todos los estudios a cambio de que dejara el cristianismo y se volviera al Islam. El hermano le dijo: «Yo soy embajador, tú también puedes serlo». Tito le respondió: «Tú eres embajador de los hombres yo soy embajador del cielo, no voy a volver atrás».
Para *****plir el plan de Dios vamos a ir en contra de lo que la sociedad dice. La ignorancia tiene sus frutos, la inmadurez tiene sus frutos y el egoísmo tiene sus frutos. El egoísmo quiere que nosotros tengamos la vida más liviana que podamos llevar. No nos deja dar lo nuestro. La ignorancia nos deja encerrados entre cuatro paredes. Sin embargo, no podemos estar tranquilos si vamos a experimentar el plan de Dios para nosotros.
Cuando vemos la necesidad que hay, decimos: ¿qué podemos hacer nosotros? Podemos hacer todo lo que Dios ha planeado, cada uno en su lugar. Con Cristo somos mayoría aplastante.
Hasta lo último, dijo el Señor. Hay necesidad en mi ciudad pero no hay oportunidad en otros lugares.

Fernando Barria es Pastor Misionero a tiempo completo de la Iglesia Dimensión de Dios en la ciudad de Neuquén, Argentina donde reside junto a su esposa Susana y a su hija Agustina. Trabaja en África con los fulas.