No se lo pierda
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Conocer a Jesucristo es encontrar el amor

De ahí se me ha ocurrido el título para este sermón. Si Jesús es Dios y Dios es amor, entonces: Conocer a Jesucristo es encontrar el amor.

Justamente el texto que se ha leído esta noche trata de conocer
a Jesús. Se refiere a los primeros hombres que se convirtieron en discípulos de Cristo, los cuales son el modelo para los que hoy deseamos seguir al Señor.

Conocer a Cristo es una experiencia que los hombres han
experimentado a través de los siglos. Quien ha vivido esa experiencia personal desea compartirla con las personas que ama. Es más, cuando uno se encuentra con Cristo encuentra al amor. Yo no busco a Dios, lo encuentro en el amor y en el amor me encuentro con Dios.

La fe no se enseña ni se aprende, se contagia. Por eso uno la
encuentra de pronto cuando está abierto para encontrarse con Dios, como lo estaban los discípulos, en el texto que hemos escuchado hoy. Pero la fe debe ser razonable, aunque no siempre la podemos explicar. El misterio de la fe es más fácil de experimentar que de explicar.

San Juan cuando nos dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (San Juan 3:16), no se refiere al acto intelectual de admitir una enseñanza como cierta, sino al encuentro con Dios en Amor. Yo creo, en griego, se dice ego pisteuo. Pero San Juan, al verbo creer le añade la preposición eis, la cual significa en, pero señalando un encuentro profundo. En griego se utilizan dos preposiciones diferentes: En para expresar la superficialidad y eis para indicar la interioridad, el hecho de que algo está adentro. Igual ocurre en el inglés, si uno va a decir que el lápiz está sobre la mesa usa la preposición on, pero si desea indicar que se encuentra dentro del cajón, entonces usa la preposición in. Esta característica del encuentro con Jesucristo como pisteuo eis aparece a lo largo de todo el Evangelio de Juan, no sólo 3:16. De ahí la diferencia, que podemos constatar cotidianamente, entre el convencido y el convertido, entre la superficialidad y la profundidad en la fe.

El texto bíblico que nos convoca hoy, muestra tres posibilidades
para que un ser humano pueda conocer a Jesucristo y encontrarse con el amor. Veamos:

Conocer a Jesucristo por el testimonio de otro y por el
deseo propio

Este es el caso de Andrés y de un discípulo anónimo. Tuvieron el
privilegio de que alguien les dirigiera hacia Jesucristo. Ambos hombres valoraban mucho la palabra de Juan el Bautista, por cuanto eran sus discípulos y lo amaban. Además, ellos mismos mostraron interés por conocer a Jesús y encontrarse con su amor inefable. Sin las palabras de Juan el Bautista quizás jamás lo habrían encontrado.

Como en los tiempos bíblicos, también hoy existen personas
que aman y son amadas, pero que jamás encontrarán a Jesucristo, si sus seres queridos cristianos mantienen en secreto su condición de discípulos de Cristo. La proclamación del mensaje divino le costó la vida a Juan el Bautista, pero jamás se negó a dar su testimonio sobre Jesús, diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29,36).

Algunos cristianos de hoy son como José de Arimatea y
Nicodemo que no se animaron a dar testimonio de fe. Dice la Escritura: «José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo permitió. Entonces vino y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras». (San Juan 19:38-39).

El cristianismo ha llegado hasta nosotros por el testimonio de
los que afrontaron los riesgos de ser discípulos públicos de Jesús. No nos ha llegado por aquellos que, como José de Arimatea y Nicodemo, siguieron secretamente a Jesús. Sin discípulos en público no hay evangelización. Y sin evangelización la Iglesia de Jesucristo corre peligro. El futuro dependerá del tipo de discípulos que seamos.

Andrés conoció a Jesús y se encontró con el amor por sugerencia
de Juan el Bautista y por su interés personal. Cuando lo encontró no se quedo satisfecho con el encuentro para disfrutarlo como discípulo secreto de Jesús. Como amaba a su hermano Cefas quiso que éste también lo conociera y lo trajo delante del Maestro.

Junto a Andrés había otro discípulo de Juan el Bautista que
también conoció a Jesús y se encontró con el amor, pero no se menciona su nombre. Dice el evangelista que estos dos hombres seguían a Jesús sin decirle nada. Al darse cuenta Jesús que lo seguían se detuvo para preguntarles: ¿Qué buscáis? y ellos respondieron con otra pregunta: ¿Dónde moras? Entonces Jesús «les dijo: Venid y ved. Fueron y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima» (San Juan 1:39).

El texto no nos informa sobre lo que hablaron. Seguramente
mucho. Hermano, ¿cuántas preguntas le haría usted al Señor si pudiera permanecer un día con El? ¿Qué le preguntaría? ¿Se puede imaginar las preguntas que le hicieron Andrés y Juan? ¿Qué les habrá respondido el Señor? Sólo tenemos una evidencia del encuentro: Juan el autor del Evangelio no omite su testimonio después de estar un día con Jesús. Nos cuenta que Andrés halló a su hermano Simón y le dijo: «Hemos hallado al Mesías…y le trajo a Jesús». Llama la atención que San Juan no hace decir a Andrés: He hallado al Mesías, sino hemos hallado. Habla en plural. En ese plural se incluye el testimonio del autor del Evangelio de haber conocido a Jesús y expresa también la alegría del encuentro, aunque por humildad omite su nombre.

Juan también omite su nombre al mencionar el hecho de
sentirse especialmente amado por el Señor, de ahí su autodesignación como el «discípulo amado». Cuando una persona conoce a Jesucristo se encuentra con el amor. San Juan lo sintió profundamente. Cada cristiano siente el amor de Cristo según su experiencia personal. San Juan lo sintió en forma muy intensa, por eso lo menciona cuatro veces a lo largo del Evangelio que escribió, pero siempre sin mencionar su nombre. Estos son los textos:

«Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado
al lado de Jesús» (San Juan 13:23).

«Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba,
que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo» (San Juan 19:26).

«Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel
al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (San Juan 20:2).

«Volviéndose Pedro, vio que le seguía el discípulo a quien
amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de él…» (San Juan 21:20).

Conocer a Jesucristo por ser encontrado por El

Veamos ahora un segundo modelo de encuentro con el Señor, el

de Felipe. Este discípulo conoce a Jesucristo y encuentra su amor no porque él lo buscara sino porque el mismo Señor lo encontró. ¿Por qué lo habrá buscado personalmente Jesús? ¿Por qué se presentó en el camino de Damasco para encontrar al peor enemigo de la Iglesia, a Saulo de Tarso, para que le conociera y se encontrara con su amor? ¿Por qué lo hace personalmente con algunas personas y con otras espera que lo hagan sus discípulos?

No tenemos una respuesta adecuada que ofrecer. Sólo sabemos
por experiencia personal que cuando una congregación ora por un avivamiento hay personas que se acercan a esa comunidad de fe sin que ningún humano las haya invitado. Esa fue la experiencia de la Iglesia Primitiva. Nos dice Lucas en el libro de los Hechos: «Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos». (Hechos 2:47).

Este es un modelo de evangelización que al parecer el Señor
utiliza en casos especiales. Es posible que se trate de personas que sienten un vacío especial en sus vidas y que tienen dones que ejercitar, por ejemplo, Felipe, Pablo, y otros. El poeta Amado Nervo nos sugiere que cuando haya un hueco en nuestras vidas lo llenemos de amor. Si Dios es amor y Jesucristo es Dios, el agujero de cada vida humana puede ser llenado solamente por Jesucristo. Nos dice Amado Nervo:

Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.

Adolescente, joven, viejo, siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor
No pienses: «sufriré».
No pienses: «me engañarán»
No pienses: «dudaré».
Ve, simplemente, diafanamente, regocijadamente, en busca del amor.

¿Qué índole de amor? No importa: todo amor está lleno de
excelencia y de nobleza.
Ama como puedas, ama todo lo que puedas….pero ama siempre.
No te preocupes de la finalidad de tu amor.

El lleva en si mismo su finalidad.

No te juzgues incompleto porque no responden a tus

ternuras; el amor lleva en sí su propia plenitud.
Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.

Conocer a Jesucristo en dos tiempos

El tercer modelo de encuentro con el Señor está representado en

este texto por Natanael, o Bartolomé. El primer conocimiento que tiene Natanael acerca de Jesús le viene a través de Felipe. Su primera reacción es de duda: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve». Cuando el argumento lógico no alcanza, Felipe apela a la experiencia personal, lo trae ante el Señor.

Al ver a Natanael acercándose a él, Jesús lo define como un
verdadero israelita, en quien no hay engaño. Lo había visto antes debajo de la higuera. Posiblemente el santuario de Natanael, donde Jesús lo vio orando. El que debía responder a sus oraciones estaba presente en la hora de la oración. Lo había escuchado y ahora lo valoraba.

La dificultad intelectual para creer en Jesús se disipó ante la
experiencia personal, ante el encuentro. Fue necesario este segundo tiempo para que Natanael pudiera convertirse en uno de los discípulos de Cristo. No todas las personas reciben el Evangelio con la sencillez que lo recibió Felipe, porque fue encontrado por Jesús. No todos los hombres tienen un maestro como lo fue Juan el Bautista para Juan y Andrés. No todos los seres humanos tienen un hermano que al conocer a Cristo se preocupe porque su hermano también lo conozca. No todas las personas tienen a un creyente amigo que los ame lo suficiente como para presentarles a Jesucristo, la fuente del amor.

Conocer a Jesucristo es conocer al amor. El amor es el don
supremo del Espíritu Santo, así lo proclama San Pablo en I Corintios 13. También nos dice que el amor es el resumen de toda la ley, así lo proclama en Romanos 13:8 y Gálatas 5:13.

El amor divino es un fuerza constante por cuanto Dios es eterno.
La pasión humana es una fuerza inconstante que cesa con su satisfacción. El amor sólo es eterno cuando procede de Dios que es amor (I Juan 4:8).

El único lazo que anuda al hombre con su prójimo es la igualdad
ante Dios, porque el hombre es el semejante de otro hombre sólo ante la mirada de Dios.

El egoísta reduce el amor a su deseo de ser amado. El amor
pleno mantiene el equilibrio entre la necesidad de amar y de ser amado. En el amor está la vida, en el desamor la muerte. Es por eso que nos dice el Señor: «Yo he venido para que tengáis vida y para que la tengáis en abundancia» (San Juan 10:10).

Es tan absolutamente necesario creer en Dios como creer en el
amor, o se correrá el riesgo de desconocer su presencia. El amor divino no necesita de los sentidos para expresarse y comunicarse. El amor en abundancia, la plenitud de vida, está más allá del espacio y del tiempo, y por lo tanto, más allá de la vida y de la muerte. ¿Qué es la vida sino la sujeción al espacio y al tiempo? Si éstas categorías no pueden contener al amor, es porque las trasciende.

El amor extrasensorial es el que circula por la totalidad del ser
humano y no sólo por el área cuerpo, asiento de los sentidos. Este también se expresa en lo psíquico y en lo espiritual. El amor que trasciende al cuerpo es el amor que trajo Jesucristo al mundo como columna vertebral de la fe y de la ética. Es el amor que debemos proclamar. Es el amor que condujo a Andrés a traer a Cristo a su hermano Andrés y a Felipe a su amigo Natanael. Es el amor que nos mueve a la evangelización.

Conclusiones

En el mercado internacional del amor hay una gran inflación,

porque la demanda es mucha y la oferta escasea. «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros» (I Juan 4:12).

El hambre de amor es el hambre de Dios que es amor. Por eso
he dicho al principio que la fe no se enseña ni se aprende, sólo se contagia. Si como Juan, Andrés, Felipe y Natanael hemos conocido a Jesucristo y nos hemos encontrado con el amor, debemos compartirlo, especialmente con las personas que amamos. El amor de Dios debe expresarse en esfuerzo evangelizador con las personas que amamos.

El texto que nos ha convocado hoy muestra tres modelos.
Porque no hay una forma única de presentar el Evangelio. Dios puede llamarnos a formar un cuarto o quinto modelo, si es necesario. Pero Dios nos llama a evangelizar por amor a los que amamos. Recordemos que San Pablo nos dice que toda la ley y los profetas se resume en el amor. (Romanos 13:7-11).

Autores: Jorge León