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Cada uno con su propia cruz

Nadie puede decir que no tenga cruz, porque no existe la vida, por lo menos vida cristiana, sin cruz.

En esta historia que recién compartimos, cada personaje carga con su cruz.
Lázaro había muerto y el relato se ubica en medio de las ceremonias que rodeaban un fallecimiento. Era un ritual de una semana de duración.
Además de su tristeza y de su dolor porque un hermano había muerto, María y Marta, sus dos hermanas, llevan el peso de tener que atender a las visitas y participar de estos largos días de duelo. Lázaro debió tener muchas amistades porque la casa estaba llena de gente que iba y venía.
En medio de esta situación, finalmente aparece Jesús, con sus discípulos.
Y Marta corre hacia él, con su cruz a cuestas.
Pero no sólo corre.. También reprocha, desahoga, reclama, discute con Jesús. Y espera.

Quiere a su hermano. Y no lo quiere muerto. No lo quier ene la tumba.
Marta no acepta lo que le toca vivir.
Quiere volver a la situación anterior, donde todo era más tranquilo, más reposado, más seguro, más alegre, más.

De algún modo ella no quiere cargar su cruz, no la acepta. Y le arroja su cruz a Jesús. “Tomá, Jesús, hacete cargo…”
«Si hubieras estado aquí…»

Marta quiere que Jesús haga el milagro de dar vuelta la historia, de cambiar la oscuridad en luz, la muerte en vida. Ella está convencida que el regreso a la vida de su hermano es la solución. Marta sigue mirando con la vista limitada y parcial del ser humano. Y no puede ver más allá de lo que le toca vivir. No puede ver más allá de su cruz. Su peso la aplasta, la oprime, la ciega.

No es poca cosa, decía Calvino, remontarse hasta el cielo cuando apenas podemos arrastrarnos sobre la tierra. (Coment. Hebreos, p. 130). Sin embargo, hacia allí apunta la fe, hacia el cielo. No como un lugar apartado del mundo, sino como algo que siempre está allí, más adelante, más arriba, más lejos. Como un lugar que moviliza nuestras esperanzas y nos anima a seguir adelnte, a vencer los desafíos, a superar los obstáculos.

Marta no podía ver otra cosa que la pesadilla de su cruz. Ella no veía ningún cielo detrás de ese dolor, detrás de aquella angustia, detrás de esa separación. Para ella la falta de su hermano oscurecía todo horizonte y negaba toda posibilidad de ver “más allá”.
(el/la predicador/a puede ampliar)

Jesús escucha a Marta, deja que desahogue su pena y su dolor. Y recién después habla y desafía. “Yo soy la resurrección y la vida…” “Yo puedo…” “¿Crees?” Jesús le está diciendo a Marta… Mirá más allá, mirá más lejos, mirá más arriba.

Y tenía todo el derecho a desafiarla de esa manera.
Jesús iba de camino hacia Jerusalén, cargando su propia cruz.
Quizá hubiera querido correr hacia Nazareth, hacia su Galilea querida, volver por un tiempito más junto a los suyos, disfrutar un poco más de la vida. ¡Qué embromar, tenía apenas treinta y pico de años!
Quizá hubiera querido seguir caminando los caminos de Palestina predicando, sanando, regalando sonrisas y repartiendo esperanzas. Había tanta necesidad todavía.

Quizá hubiera querido instruir un tiempo más a sus discípulos, navegar con ellos una vez más, echar las redes y comerse un pescado asado.
Quizá hubiera querido besar una vez más a su madre, saludar a sus hermanos, cantar con ellos las viejas canciones de la familia y despedirse.
Quizá hubiera querido pasar un ratito por lo de Marta y María, abrazar a su amigo Lázaro.
Quizá hubiera querido tantas cosas!.
Pero va hacia Jerusalén.
Por eso puede hablarle así a María.
“¿Crees?”

Y Marta cree. Y se olvida de su cruz. Ya no le pesa. Ha visto lo que está más allá.
Y descansa y confía en su Señor.

Cada uno de nosotros carga su cruz. Recordemos aquellas en las que pensamos al comenzar esta reflexión.

Es cierto que hay muchas cosas que suceden a nuestro alrededor que nos tiran el ánimo por el piso. Situaciones que golpean la razón y sacuden el alma. Un mundo que se destroza a si mismo en infinidad de luchas sin sentido, una religión y una iglesia que se desmoronan, vidas quebradas, rotas, vacías. (ampliar de acuerdo al contexto nacional y local)

¿Cómo guardar intacto el entusiasmo, la fuerza, la energía?
¿Cómo mantener vigente la fe todavía?
¿Cómo cantar con convicción y alegría?
¿Cómo tener esperanza?
¿Cómo participar con gozo de la Santa Cena?
¿No es cierto que, como Marta, quisiéramos tirarle nuestras cruces a Jesús? ¿No es cierto que, como ella, quisiéramos reclamarle uno y otra vez: “Si hubieras estado aquí…”? ¿No es cierto que tantas veces hubiéramos esperado un enorme milagro para que als cosas cambiaran?

Hacé algo, Jesús. Acaso, ¿no sos el Hijo de Dios?

Pero Jesús nos desafía con la misma pregunta que a Marta…
En este camino lleno de cruces que es la vida, nos dice: «Yo soy la Resurrección y la Vida?» «¿Crees?»

Jesús camina hacia Jerusalén, camina hacia la cruz, camina hacia su muerte.
Y lo hace con decisión, marchando adelante de todos, con la frente en alto, con paso firme, cargando su propia cruz, venciendo sus temores, luchando su propia lucha interior, confiando en la voluntad del Padre.
Eso le da autoridad para desafiarnos, para hacernos levantar los ojos, para mirar y ver más allá.
Porque detrás de la cruz está la victoria y la vida para siempre.
Porque después de la muerte está la resurrección a la eternidad.
Porque después de de la oscuridad está amaneciendo.
Jesús camina hacia Jerusalén.
A lo lejos comienza a dibujarse la sombra de una cruz.
Un nudo le aprieta la garganta.
Pero aún así, se detiene junto a sus amigos, a sus hermanos, a los que sufren.
Y los ayuda a cargar su propia cruz.
Como lo hizo con Marta.
Como hace con cada uno de nosotros.

Hoy, Jesús te mira y te pregunta: “¿crees?”